Un día nuestros sueños nos llevaron de vuelta a Canfranc...

... recordé mis primeros esquís en Candanchú, mis primeros campamentos en Canal Roya, mis primeros pasos como monitor de tiempo libre en la casa de colonias junto al río, mis primeras escaladas en el Coll de Ladrones. Cuántos primeros pasos en un mismo lugar. Pero sobre todo recordé aquel olor a aceite quemado de los trenes en la estación, su vestíbulo, la gente subiendo y bajando del tren, sus largas y agradables cuatro horas desde Zaragoza, montañeros, esquiadores...cómo ha cambiado todo, ¡qué abandono!
Por un momento entristecí mientras se desvanecían aquellas imágenes, como si del color pasasen al blanco y negro. Sentí la necesidad de hacer algo, y así fué. Ahora subo casi todos los fines de semana; veo como la Estación se transforma, me manifiesto por la reapertura del Canfranc, paseo por sus montañas, observo su naturaleza, fotografío sus paisajes, convivo con sus gentes y vuelvo a deslizarme por su nieve.
Pero lo mejor es que todo ésto no lo hago solo, sino con mi mujer y mis hijos. Y contagiamos a familiares y amigos. ¿Te contagias tú también?

7 ene. 2019

DIEZCABAÑAS Y EL SEÑOR LETRANZ.


            Hace muchos, muchos años, en la villa de Bellanuga, hoy en día Villanúa, existió un pastor a quien apodaban Diezcabañas. Nadie recuerda su verdadero nombre, pero sí se sabe que su apodo se debía a que a principios del verano, cuando subía los rebaños desde el valle a los puertos, recorría una decena de cabañas en las que los pastores se refugiaban durante la noche o se protegían de las tormentas. Ya era el único que hacía aquel recorrido, reunía varios rebaños del valle y se encargaba de subirlos en verano y bajarlos de nuevo a mediados del otoño, cuando el frío comenzaba a arreciar.
           
            Un veintitrés de junio, recién comenzado el verano, y tras dejar el rebaño en los puertos, bajaba Diezcabañas al valle, y a un par de kilómetros de la villa escuchó que alguien le llamaba. Diezcabañas se giró y descubrió quién era aquel que gritaba su nombre tan insistentemente. Se trataba del señor Letranz, el “profesor” para las gentes de Bellanuga. Letranz, ya jubilado, fue el maestro del pueblo durante los últimos cuarenta años. Ahora se dedicaba a recopilar datos y escribir acerca de la historia del valle.

            El pastor preguntó al señor Letranz qué le urgía tanto, y el profesor le comentó que quería que le acompañase a explorar una cueva que había encontrado cerca del camino de Santiago, al fin y al cabo, quién mejor que un gran conocedor de la zona como Diezcabañas para aquel cometido.

            Diezcabañas, con no muy buena cara, le respondió que no era el mejor momento para adentrarse en ninguna cueva, estaba anocheciendo y esa noche era la noche de San Juan, y el pastor, aunque era grande y aguerrido, era muy supersticioso, y recordó al profesor Letranz que esa noche era la elegida por las brujas (o güixas) para celebrar el Sabbat o aquelarre.

            El profesor se sonrió haciendo una mueca y desmontó los supersticiosos argumentos de Diezcabañas con otros más convincentes, de forma que el pastor accedió a acompañarle. Letranz era un hombre culto, ¿quién iba a rebatir sus sabias palabras?

            Así pues ambos vecinos de Bellanuga pusieron rumbo a la cueva que Letranz había descubierto junto al camino de Santiago. Al llegar allí ya estaba anocheciendo, pero tanto el precavido pastor como el pertrechado profesor portaban sus linternas, que en aquel tiempo eran lámparas de aceite. Apenas se veía una pequeña abertura entre los arbustos que parecía ser la entrada a la cueva. Apartaron parte de la vegetación y poco a poco, con mucho cuidado, se fueron adentrando en aquella cavidad misteriosa.

            La cueva era bastante húmeda, por sus paredes rezumaba el agua que se filtraba del subsuelo. Estaba algo resbaladiza, por lo que Diezcabañas y Letranz tomaron sus precauciones.
Se oía el goteo de las preciosas estalactitas formadas por el paso de miles de años, y conforme se iban adentrando, la cueva se iba ensanchando dando paso a espectaculares salas llenas de preciosas formaciones calcáreas.

            Todavía no llevaban media hora dentro de la cueva cuando Diezcabañas, que iba tras el profesor, se detuvo de repente e hizo detenerse también a Letranz. El profesor le preguntó la razón de su insistencia en parar la marcha, a lo que el temeroso pastor con los ojos casi fuera de sus órbitas le respondió que escuchaba una suave música con voces humanas a lo lejos. Letranz cerró los ojos, y poniendo sus manos ahuecadas tras sus orejas intentó captar lo que su compañero le contó. Pero el viejo maestro de escuela no oía ninguna música, y convenciendo al pastor de que eran imaginaciones suyas prosiguieron su camino.

            Minutos más tarde aquella música acompañada de cánticos con voces femeninas se hizo más audible, y fue Letranz quien asombrado hizo detener la marcha. Miró a la cara de Diezcabañas que tenía el rostro descompuesto, pues detrás de aquel voluminoso cuerpo se escondía un alma temerosa y supersticiosa. Pero Letranz, con su espíritu aventurero, quiso saber de dónde procedían y sobre todo descubrir quién las producía. Así pues, reanudó el camino adentrándose un poco más en la cueva con el tembloroso pastor a sus espaldas.

            Tras unos minutos, y siguiendo aquellos cánticos, llegaron a una sala tan grande como un palacio. La música venía de allí, resonando como en un salón de la ópera, pero allí no había nadie. Durante unos segundos, ambos compañeros de viaje buscaron con su mirada algo que les pudiera dar una pista, hasta que de pronto, como de la nada, apareció una bella mujer que se presentó como Guirandana de Lay, y con muy malos modos y palabras malsonantes les reprochó que hubiesen entrado en aquella cueva.

            Diezcabañas no sabía donde meterse, en los ojos de aquella mujer vio el mal, y tiró de la chaqueta de Letranz para salir de allí lo antes posible. Pero el profesor, malhumorado por las formas de la joven, le reprochó su vocabulario y le discutió que se necesitase algún permiso para estar allí. Esto hizo que la bella mujer se enojara todavía más y su cuerpo cambió en un instante. Su piel envejeció de repente y su belleza tornó en desagradable aspecto y de ella se desprendía un fuerte olor a azufre.

            No cabía ninguna duda, aquella tal Guirandana de Lay era una bruja, una auténtica bruja en las que no creía el profesor. Y aquellos dos inofensivos vecinos de Bellanuga habían profanado su Sabbat. Guirandana se elevó en el aire, levitando, y con un conjuro lanzó una maldición sobre aquellos hombres, destinándolos a convertirse en piedra y permanecer a la intemperie y para siempre en aquellos valles. Pero justo antes de lanzar su maldición apuntando con su vara de serbal, El profesor Letranz gritó hacia la bruja diciendo que todo mal que infringiese en ellos se volvería contra ella.

            Y así fue; el pastor y el profesor desaparecieron y se convirtieron en los dólmenes de Diezcapanas y de Letranz, mientras que la malvada bruja se quedó allí transformada en el dolmen de la Güixas. Pero cuenta la leyenda que cuando un número determinado de personas hayan visitado los tres dólmenes, los tres personajes volverán a su forma natural.

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