Un día nuestros sueños nos llevaron de vuelta a Canfranc...

... recordé mis primeros esquís en Candanchú, mis primeros campamentos en Canal Roya, mis primeros pasos como monitor de tiempo libre en la casa de colonias junto al río, mis primeras escaladas en el Coll de Ladrones. Cuántos primeros pasos en un mismo lugar. Pero sobre todo recordé aquel olor a aceite quemado de los trenes en la estación, su vestíbulo, la gente subiendo y bajando del tren, sus largas y agradables cuatro horas desde Zaragoza, montañeros, esquiadores...cómo ha cambiado todo, ¡qué abandono!
Por un momento entristecí mientras se desvanecían aquellas imágenes, como si del color pasasen al blanco y negro. Sentí la necesidad de hacer algo, y así fué. Ahora subo casi todos los fines de semana; veo como la Estación se transforma, me manifiesto por la reapertura del Canfranc, paseo por sus montañas, observo su naturaleza, fotografío sus paisajes, convivo con sus gentes y vuelvo a deslizarme por su nieve.
Pero lo mejor es que todo ésto no lo hago solo, sino con mi mujer y mis hijos. Y contagiamos a familiares y amigos. ¿Te contagias tú también?

26 ago. 2012

CUENTO: "Sueños de Futuro" (2ª parte)

Justo entonces Víctor se volvió para preguntarme algo, lo que hizo que el ambiente de secretismo se dispersara y ella se sintiese mejor. Mi imaginación giraba en torno a imágenes de películas de nazis y de la Segunda Guerra Mundial, hasta que Víctor volvió a asediarme con sus preguntas.
-      Oye, papi ¿Qué es ese lago? – Y pegó su nariz al cristal formando un círculo de vaho a su alrededor.
-          Eso no es un lago, es el Embalse de La Peña. Está formado por las aguas del río Gállego, que has visto antes desde arriba al pasar por un puente. En ese río se practican deportes con barcas de goma y canoas que se llaman rafting y kayak.
-          Sí como en las aguas bravas del parque del agua de Zaragoza.
-          Exactamente, ¡Qué listo eres, hijo! Además en el Pantano de La Peña la gente pesca truchas, y por los alrededores hay muchas rutas para caminar o ir en bicicleta.
Aprovechamos mientras llegamos a Jaca para estirar las piernas por el pasillo del vagón. Hay un montón de gente. Nuestro compartimento es de los pocos que va medio vacío. Hacía años que no había visto tanta gente en este viaje, pero es lógico, desde que lo convirtieron en un tren turístico con encanto todo el mundo quiere disfrutarlo. Hay quienes como nosotros sólo iban a pasar el día, otros harían noche en Canfranc para bajar el domingo, y  escuche a una pareja que subían con sus bicicletas para iniciar el Camino de Santiago en Somport.
Todavía no le había contado a Víctor que con el billete de tren teníamos entrada libre al museo ferroviario del Canfranero, y que una vez en Canfranc-Estación íbamos a subir paseando hasta el Fuerte de Coll de Ladrones, que adquirió una empresa privada hace unos años y lo ha rehabilitado como museo militar y hospedería, con un restaurante donde dicen que se come muy bien.
Desde Jaca había una preciosa vista de la peña Oroel, y señalando su cima prometí a mi hijo que un día subiríamos juntos hasta allí.
Volvimos a nuestros asientos para disfrutar los últimos treinta kilómetros, que son los más empinados y  más bonitos por sus paisajes. Allí seguía sentada nuestra compañera de viaje.
-          ¿Se cansa de tanto rato en el tren? – Le pregunté.
-          No, ahora es una delicia viajar aquí. Yo ya estaba casi acostumbrada a las cuatro horas de viaje y a acabar en el autocar por culpa de los descarrilamientos. Les ha costado una eternidad a los políticos darse cuenta de la maravilla que teníamos. Es una pena que yo ya pueda disfrutarla poco, al menos tu hijo guardará buenos recuerdos de este viaje contigo.
-     Y con usted, también tendrá un buen recuerdo de usted. Pero no diga esas cosas,     que aún tiene mucha vitalidad y podrá seguir haciendo este viaje muchos años.
La agradable voz de la megafonía volvió a interrumpir nuestra conversación para comunicarnos, tras pasar por Castiello de Jaca, que íbamos a atravesar el famoso viaducto de Cenarbe, una fabulosa obra de ingeniería que hace que parezca que el tren vuela sobre el Valle del Aragón.
      Al poco rato observamos la majestuosa cima de La Collarada que se alza sobre el siguiente pueblo: Villanúa. Es una vista preciosa, todavía tenía nieve en la cima.
      Ya nos quedaba poco para llegar,  y cuando nos acercamos a Canfranc pueblo la voz en off nos contó la leyenda de la maldición de éste lugar:
-     “Hace ya unos cuantos siglos, un crudo invierno llegó al pueblo, siguiendo el camino de Santiago una peregrina judía, solicitó alojamiento y comida a las gentes del pueblo, que no sólo se lo denegaron, además la expulsaron del pueblo (no se sabe porque obraron así, cuando a los peregrinos siempre se les atiende), antes de perder de vista la última casa del pueblo, la peregrina les echó una maldición;
      -     Vuestro pueblo arderá dos veces y al final habrá una riada que lo hará  desaparecer para siempre.
                  En 1617, contando sólo con 200 habitantes, Canfranc sufrió el primer gran incendio, solo quedaron en pie la iglesia de la Santísima Trinidad, dos casas, el castillo real y el molino de harina.
                  En Junio de 1944, sufrió el segundo incendio, una chispa del fuego de un hogar, en la parte alta del pueblo, llevado por el viento hizo que se prendieran los tejados de pizarra carbonosa y las techumbres de madera del resto de casas, ardieron 117 de las 132 que había. Para reconstruirlo, se realizó una suscripción nacional (se retuvo el salario de los funcionarios españoles por un día, pero el dinero nunca llegó a Canfranc) y la mayoría de la población tuvo que refugiarse hasta en las buhardillas del poblado nuevo (Canfranc-Estación), donde finalmente, se edificaron barrios nuevos para los perjudicados, y al final, el pueblo entero se traslado al nuevo Canfranc.
                  Los más viejos del lugar esperan resignados a que cualquier día el río crezca tanto que se desborde y se los lleve por delante.

La verdad es que esta vez los políticos lo habían hecho bien. Todo estaba cuidado al detalle. El viaje estaba siendo perfecto, incluso llegué a pensar si la señora de enfrente no sería una trabajadora de la oficina de turismo o algo así. Quién sabe, hoy en día los maquilladores del cine hacen auténticas obras de arte. Me sonreí cuando pensé eso. Claro que también a los aragoneses nos ha costado años aprender a defender y reivindicar lo nuestro 
-          ¡Papá, ya llegamos! – Gritó Víctor. - ¿Qué es eso tan grande?
-          Eso era la antigua Estación Internacional de Canfranc. Donde transcurrió la historia del oro que nos han contado. Ahora es un hotel de lujo, pero se puede ver el vestíbulo que lo dejaron como era antiguamente. Hicieron esta otra estación más pequeña porque no hay tanto tráfico de trenes como antes.
-          Pues a mí me gusta más la antigua. Y ahora ¿qué vamos a hacer?
-          Tengo una sorpresa preparada, pero antes de bajar despídete de esta señora tan amable y dale un buen beso.
-          Muchas gracias. - dijo Víctor. Y le dio un fuerte beso.
-          De nada cariño. – Contestó la anciana. Y le dio cuatro o cinco.
-          Adiós señora, ha sido un placer. Espero volver a verla. – Le dije yo.
 Nos apresurábamos a bajar para aprovechar el día cuando vi que Víctor llevaba en la mano una foto antigua con algo escrito por detrás. Era una vieja postal.
-          ¿De dónde has sacado eso? – Le pregunté.
-          Es de la señora, me la ha regalado.
-          Pero esto es un recuerdo personal, vamos a devolvérselo.
Aun estábamos en el pasillo, a unos cinco o seis metros de nuestro compartimento cuando volvimos a buscarla. Cual fue nuestra sorpresa cuando al entrar vimos que no había nadie. En ese momento pasaba junto a nosotros el revisor, que como todo lo demás también iba ambientado como antaño.
-          Perdone señor. ¿Ha visto a la señora mayor que viajaba junto a nosotros? Tenemos que devolverle algo.
-     Disculpe, - me dijo el revisor, - pero en su compartimento sólo viajaba usted con su hijo. No he visto ninguna señora mayor en todo el trayecto. – Se dio media vuelta y siguió pasillo abajo.
Me quedé boquiabierto sin saber que decir, estático. Víctor tiró de mí indicando que como la mujer se había ido nosotros debíamos hacer lo mismo. Y así fue. Bajamos del Canfranero y pasamos un día inolvidable. Aprendimos muchas cosas de aquel lugar mágico y de su Historia, y con las últimas luces regresamos a Zaragoza en “nuestro” Canfranero. Durante el trayecto de vuelta no dejaba de pensar en la anciana, y como siempre mi hijo me sacó del trance;
-          En invierno, con la nieve ¿cómo pasa el tren?
-          La máquina lleva delante una quitanieves para apartar la nieve de las vías, y si hay mucha pasa antes una máquina especial de mantenimiento. Además éste tren en invierno se convierte en el Canfranero blanco, que no significa que lo pinten de blanco, sino que hace viajes especiales para que la gente suba a esquiar.
-          Me ha gustado mucho, papá. La próxima vez hay que decirle a mamá que se venga con nosotros.
Cuando el Canfranero hacía su entrada en los andenes de la Estación de Delicias, Víctor estaba completamente dormido, en la sonrisa de su cara se podía adivinar que había disfrutado. Lo cogí en brazos y lo llevé hasta el coche en que mi esposa nos estaba esperando. Una vez en casa lo acostamos, y tras contarle a ella todo nuestro viaje nos fuimos también a dormir.A la mañana siguiente, Víctor vino corriendo a mi cama y exclamó:
-          Mira, papá, aquí quiero que vayamos de viaje este verano. – Enseñándome una vieja postal en blanco y negro de Canfranc. – La encontré ayer en el parque mientras jugaba con mamá.
Entonces, aún algo somnoliento miré el despertador de la mesilla. Es uno de esos despertadores en los que viene la fecha, la hora, la temperatura y no sé cuantas cosas más. Todavía era sábado, un sábado del mes de junio de 2010.




                                         ROBERTO MARÍN.





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