Un día nuestros sueños nos llevaron de vuelta a Canfranc...

... recordé mis primeros esquís en Candanchú, mis primeros campamentos en Canal Roya, mis primeros pasos como monitor de tiempo libre en la casa de colonias junto al río, mis primeras escaladas en el Coll de Ladrones. Cuántos primeros pasos en un mismo lugar. Pero sobre todo recordé aquel olor a aceite quemado de los trenes en la estación, su vestíbulo, la gente subiendo y bajando del tren, sus largas y agradables cuatro horas desde Zaragoza, montañeros, esquiadores...cómo ha cambiado todo, ¡qué abandono!
Por un momento entristecí mientras se desvanecían aquellas imágenes, como si del color pasasen al blanco y negro. Sentí la necesidad de hacer algo, y así fué. Ahora subo casi todos los fines de semana; veo como la Estación se transforma, me manifiesto por la reapertura del Canfranc, paseo por sus montañas, observo su naturaleza, fotografío sus paisajes, convivo con sus gentes y vuelvo a deslizarme por su nieve.
Pero lo mejor es que todo ésto no lo hago solo, sino con mi mujer y mis hijos. Y contagiamos a familiares y amigos. ¿Te contagias tú también?

26 ago. 2012

CUENTO: "Sueños de Futuro" (1ª parte)

            Le había prometido a mi hijo un maravilloso viaje en tren. Esa noche no pegó ojo imaginando la velocidad a la que iría y el ruido de los trenes en la estación.
            Nos levantamos muy temprano para coger el primer tren de la mañana. Él casi no se tenía en pie de sueño, pero poco a poco se fue despejando, y sin hacer ruido, para no despertar a mamá, desayunamos y salimos hacia la Estación Intermodal de Delicias.
-          ¡Vaya! ¡Pues sí que es grande la estación! - Exclamó Víctor con cara de sorpresa.
Eran casi las seis y media de la mañana de un sábado del mes de junio de 2012 y ya había un gran bullicio en la Estación.
            En casi todos los andenes había un tren dispuesto a tomar la salida antes o después. El vaivén de pasajeros se acrecentaba conforme se acercaban las horas de partida. De repente se escuchó por megafonía la llamada que estábamos esperando:
-          “Tren regional con destino Canfranc-Estación efectuará su salida por la vía cuatro en breves instantes”.
-          ¡Vamos hijo! ¡Démonos prisa! - Dije yo tomándole de la mano y tirando de él para separarlo de los cristales.
-          ¿Cuál es, papa? ¿Es ese? - Preguntó mientras señalaba un moderno Altaria blanco al que subían apresurados algunos viajeros.
-          No, cariño. El nuestro es aquel.
Mientras yo decía estas palabras noté como cambiaba su rostro y se tornaba  desilusionado al ver un viejo tren que echaba humo por una chimenea.
Entonces le expliqué porqué había elegido ese tren y no otro. Era un auténtico Canfranero de época. Un convoy de los años treinta o cuarenta restaurado y ambientado en los años de mayor esplendor de esta línea férrea. La máquina era de pega, el humo que echaba era simplemente el vapor que producía algún artilugio para crear la ambientación. Le expliqué que aquel tren estaba lleno de historias que nos contarían durante el viaje, y que pasaba por lugares llenos de magia. Entonces la ilusión regresó a su carita redonda y sus ojos se achinaron mientras sonreía y decía:
-          Creo que éste es el mejor de todos los trenes, papá. Es diferente a los demás, y eso lo hace especial.
Sus palabras me dejaron boquiabierto, una sabia manera de pensar pasa tan sólo seis años.
Subimos a nuestro vagón. Al traspasar la estrecha puerta nos envolvió un halo de melancolía. Las imágenes se teñían en blanco y negro como si hubiésemos entrado en la máquina del tiempo. Los vagones estaban forrados de madera. Tenían un pasillo estrecho con ventanas en el que había que hacer contorsionismo cuando se cruzaban dos personas, aunque lo más práctico era que una de ellas se internara momentáneamente en un compartimento mientras pasaba la otra, pues a veces la situación era incómoda con tanto roce. Desde el pasillo se accedía a los compartimentos que incluían tres asientos tapizados como antaño en ambos lados del habitáculo, es decir que cabíamos seis personas por compartimento. Estaban separados por unos apoyabrazos fijos que daban algo más de comodidad. Una vez sentados los viajeros, según la altura que tuvieran, casi podían tocarse con sus rodillas. Sobre los acolchados butacones había unos portaequipajes de cuerda en forma de red y unas pequeñas luces en forma de ojo de buey cuya iluminación parecía algo escasa para leer sin la luz natural que entraba por los amplios ventanales.
Todos los detalles estaban cuidadosamente estudiados: los interruptores, las cortinas, los pomos de las puertas, incluso los baños con su retrete y su pequeño lavabo. Lo único diferente era que los ceniceros ahora estaban sellados con un cordón de soldadura. Todo era como en aquellos años, eso sí, intentando darle la mayor comodidad posible.
Víctor estaba impaciente por salir. No quería sentarse y se quedaba en el pasillo mirando por la ventana mientras  gritaba a la gente que corría por el andén: - Venga, que nos vamos.
De repente sonó un pitido ensordecedor, y al segundo volvió a repetirse. Aún no había parado de sonar cuando el vagón comenzó a moverse. Fue entonces cuando Víctor vino corriendo a sentarse, entre eufórico y asustado, a mi lado y junto a la ventana.
Frente a nosotros había una anciana muy arreglada que sonreía al ver la emoción del pequeño al mirar por la ventana cómo nos movíamos. 
-          Pues para ser un tren antiguo no va tan despacio, papá.
-          Verás hijo, antes iba más despacio. Le costaba entre cuatro y cuatro horas y media hacer todo el trayecto. Tiene muchas paradas, pero desde que arreglaron toda la línea entre Huesca y Canfranc le cuesta unas dos horas y media nada más.
En ese momento comenzó a funcionar la megafonía interna del tren con una agradable y femenina voz que nos acompañaría todo el viaje. Cada vez que sonaba era para explicar o contar algo relacionado con los lugares por donde pasábamos o parábamos.  Daba datos históricos, geográficos, artísticos e incluso contaba alguna leyenda. Hasta llegar a Huesca hizo pocas veces acto de presencia, pero su silencio fue sustituido por la temblorosa voz de la mujer de avanzada edad que teníamos enfrente.
-          Yo soy de Canfranc, ¿sabes? – Dijo mirando a Víctor con sus cansados ojos.
-          Nací allí hace muchísimos años, y aquello ha cambiado mucho desde que estuvieron los nazis hasta ahora.
-          ¿Quién son los nazis? – Interrumpió Víctor.
-          Eran los seguidores del partido nacional-socialista de la Alemania de los años treinta y cuarenta, pero de estas cosas tú todavía no entiendes, ya lo estudiarás en el cole dentro de unos pocos años. A los que yo me refiero eran los soldados del gobierno alemán de esa época, que por un acuerdo con el gobierno de España se instalaron en Canfranc para controlar la frontera con Francia. Como veo que te gusta la Historia, te voy a contar la historia del Oro de Canfranc.
-          ¡Vale, vale! - Exclamó el infante inclinando su cuerpo hacia delante.
-          Sí. – Dije yo – Pero mientras te comerás el almuerzo que hemos preparado.
De esta manera comenzó el mejor momento que pasamos en el viaje. Escuchamos en boca de una de sus protagonistas la historia más conocida del lugar a donde nos dirigíamos.
La anciana se esmeró en contarla de modo que Víctor pudiera comprenderla, pues es una historia algo complicada para un niño. Luego me confesó que había sido maestra y estaba acostumbrada a hablar a los niños.
-          Pues verás. – Dijo la anciana. - Todo esto sucedió en Canfranc entre 1942 y 1945. Alemania controló la aduana internacional de Canfranc durante la Segunda Guerra Mundial con un grupo de oficiales de las SS y miembros de la Gestapo, que era la policía nazi. Residían en el hotel de la estación y en otro del pueblo. España no estaba en guerra, pero Franco debía devolver la ayuda que Hitler, el primer ministro alemán, le proporcionó durante la Guerra Civil, lo que consistió en enviar a Alemania toneladas de volframio de las minas gallegas, un mineral fundamental para blindar sus tanques y cañones. A cambio de esa ayuda estratégica, España recibió al menos 12 toneladas de oro, a Portugal llegaron 74 toneladas de oro, 4 de plata, 44 de armamento, 10 de relojes y otras cosas robadas a los judíos.
-          ¿Por qué robaban los nazis a los judíos? – Interrumpió Víctor.
-          Porque la idea de los nazis era que todo aquel que no era de su raza, a la que llamaban aria, era impuro y debía de ser apartado. Los mandaban a unos campos de trabajo y les quitaban sus pertenencias. Pero esa es otra historia.
La mujer no quiso dar más detalles acerca del exterminio y los campos de concentración, cosa que agradecí. Fue en ese momento cuando me miró y sonriendo me dijo que había sido maestra y que no me preocupara, lo cual me tranquilizó. No me agradaba la idea de tener que dar explicaciones a mi hijo acerca de un pedazo de la Historia que aunque no olvidado, sí debería de ser borrado.
-          Los alemanes, – prosiguió ella, - vivían en la estación y celebraban hasta conciertos de piano en el comedor. Eran muy educados, eso sí. Bailaban valses con las chicas de Canfranc y les regalaban chocolate. Ellos eran ingenieros o químicos y nosotros, unos ignorantes que tenían mucha hambre después de la Guerra Civil . El oro nazi llegaba en tren a Canfranc con destino España  y Portugal. Se descargaba el oro de los trenes de Suiza por el puente internacional y se colocaba en unos camiones suizos que se encargaban de llevarlos hasta Madrid y Portugal. . Se calcula que entraron a España 20 toneladas de oro a cambio de volframio. Ese volframio todavía se puede ver, 65 años después, en las vías muertas y muelles de la estación de Canfranc.
Los carabineros, la Guardia Civil y los oficiales de las SS eran inflexibles con   los robos de mercancías como los relojes que se llevaban a Portugal. Alguien se llevó una caja y estuvieron buscándolo varios días. A un chaval le pusieron una multa muy alta.
   Lo peor de todo era el hambre, que calmábamos gracias a las mercancías que se descargaban. El salario medio de un obrero era de 200 pesetas al mes. Por eso, siempre se escapaba algo de los trenes para casa. Cogíamos latas de sardinas, azúcar, aceite, café o la mistela que enviaban los portugueses de Madeira. Menos mal que pasaba mucha mercancía y podíamos llevarnos cosas, porque había mucha hambre.

A veces, mientras contaba su historia, me parecía  ver como sus secos ojos se humedecían con el recuerdo. Tal y como contaba el relato, con claras referencias en primera persona, entendí que ella era protagonista de aquel pedazo de Historia. Al principio no quise preguntarle por si la incomodaba, aún más estando el niño delante.
Al poco terminó su relato diciendo: “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”, una buena manera de dar un tono infantil y quitar hierro al asunto.
Casi sin darnos cuenta estábamos llegando a Ayerbe, puerta de entrada al reino de los Mallos. La megafonía del tren, a la que hasta ahora casi no habíamos hecho caso, comunicaba la llegada a su estación y hacía referencias a sus Palacios, gastronomía y a la cercanía de importantes monumentos como el Castillo de Loarre y la Colegiata de Bolea. Yo le contaba a mi hijo la de veces que de joven había parado en Ayerbe a comprar alguna de sus famosas tortas e incluso una bota de vino en el conocido botero artesano que había por entonces, de camino a Riglos con mis compañeros de escalada.
-          ¿Tú escalabas? – Me preguntó con los ojos redondos como platos.
-       Sí, cariño, pero yo era muy malo. Tenía amigos que subían como lagartijas.
A los pocos minutos estábamos pasando bajo los Mallos de Riglos. Yo le contaba a Víctor aventuras mientras señalaba con el dedo algunos escaladores que asemejaban ser termitas en su termitero:
-       Mira, hijo, son el Puro, el Mallo Pisón, el Firé, la Visera…
-       Ese parece la mano de un gigante…Y los escaladores ¿no se caen? – Preguntó con el morboso interés de un niño de su edad.
Mientras se quedaba atónito mirando el paisaje por la ventana, yo me incliné hacia delante y con voz susurrante pregunté a la anciana aquello que no podía contener más.
-       Disculpe  mi descaro, espero que no le ofenda mi pregunta, pero desde que nos ha contado la historia de el oro tengo la necesidad de saber si usted tuvo que participar activamente de alguna manera en ella.
            Con el mismo tono de voz con el que yo le había preguntado, ella me respondió, no sin antes mirar hacia el pasillo, como si todavía hubiera hombres de la Gestapo vigilando.
-       Fui correo de los aliados. Llevé correspondencia clandestina. Sobres que contenían fotos y cartas en francés o inglés. No fui la única. Lo pasábamos muy mal. A veces íbamos en el tren sentadas junto a algún Guardia Civil, pero gracias a nuestro trabajo pudo terminar la guerra con el desembarco de Normandía. ¡Y vale! No me gusta hablar de ello.

1 comentario:

  1. Me ha encantado la historia, ha merecido la pena la espera, tras el parón de tu blog.

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