Un día nuestros sueños nos llevaron de vuelta a Canfranc...

... recordé mis primeros esquís en Candanchú, mis primeros campamentos en Canal Roya, mis primeros pasos como monitor de tiempo libre en la casa de colonias junto al río, mis primeras escaladas en el Coll de Ladrones. Cuántos primeros pasos en un mismo lugar. Pero sobre todo recordé aquel olor a aceite quemado de los trenes en la estación, su vestíbulo, la gente subiendo y bajando del tren, sus largas y agradables cuatro horas desde Zaragoza, montañeros, esquiadores...cómo ha cambiado todo, ¡qué abandono!
Por un momento entristecí mientras se desvanecían aquellas imágenes, como si del color pasasen al blanco y negro. Sentí la necesidad de hacer algo, y así fué. Ahora subo casi todos los fines de semana; veo como la Estación se transforma, me manifiesto por la reapertura del Canfranc, paseo por sus montañas, observo su naturaleza, fotografío sus paisajes, convivo con sus gentes y vuelvo a deslizarme por su nieve.
Pero lo mejor es que todo ésto no lo hago solo, sino con mi mujer y mis hijos. Y contagiamos a familiares y amigos. ¿Te contagias tú también?

8 ene 2010

EL RUSO DE CANFRANC


Esta historia la encontré navegando por internet y os la transmito en boca de su autor, Bastián Lasierra, gracias a cuya investigación podemos conocerla:
-Tengo que retornar al año 1968, para colocaros en esta historia, pues es el año que yo recojo los apuntes que os paso a continuación:
Poco antes de llegar a Candanchú, una vez que habéis rebasado l’Anglasé -con su herr
ería destruida por un alud hace muchos años (a la entrada de Canal Roya)- y Rioseta -con su campamento militar y todas las colinas de alrededor minadas como un fortín-, la carretera cruza el “Puente del Ruso”. Y un poco más arriba, a la derecha aún pueden verse las ruinas de lo que fue la “Caseta del Ruso”. Deseoso de saber algo del personaje que le dio nombre, pregunté entre los viejos de Canfranc lo que pudieran saber de él. Pocos lo conocieron (murió sobre los años veinte), pero la mayoría oyeron hablar de él a sus padres. Todos están de acuerdo en que era un ruso o un polaco a quien las circunstancias empujaron a España. Era rubio, fornido, simpático y hablaba haciendo vibrar fuertemente las erres. Su casa siempre estaba abierta a todos, especialmente durante los terribles temporales de nieve que amenazaban con sus aludes –“lurtes” decimos en aragonés- a los caminantes. Cuando arreciaban, el Ruso ni siquiera se conformaba con esperar a los desgraciados sino que, con frecuencia, arriesgando la vida, salía en busca de ellos. Otros informadores, con mucha más imaginación, hasta inventan una novela sobre el personaje: era siberiano, había huido de las minas de Siberia adonde había ido a parar por un crimen que no cometió. Y eso en seguida se adivinaba al comprobar su carácter pacífico y acogedor, su predisposición a la amistad y su bondad natural. Otros aseguran que no era ruso, sino centroeuropeo, aunque nadie le oyó utilizar palabras extranjeras, sino aragonesas salpicando con un mediano castellano. En lo que sí hay unanimidad es en asegurar que salvó muchas vidas. La verdad es que no tenía nada de extranjero aunque su aspecto externo pudiese inducir a esa creencia. Y es que los aragoneses somos tan pánfilos que, para valorar más cualquier cosa, en seguida le tenemos que colgar la etiqueta de foránea. La buena suerte me echó una mano cuando ya desesperaba de enterarme de algo objetivo sobre el Ruso, que por otra parte parecía un tema sugestivo. Los finales del siglo diecinueve y principios del veinte, destacaron por sus intensas nevadas y bajas temperaturas (no como ahora que te cae un palmo de nieve y detrás viene una llovizna que la derrite toda). La prensa, de entonces es unánime en los comentarios, especialmente cuando cuenta las tragedias, demasiado frecuentes, de las víctimas del frío o de los lurtes. Manuel Buisán, un abuelico de Plan, más simpático que pa qué, me contaba la historia trágica de nueve niños helados a la vez en el puerto de Gistaín. Y es que, antiguamente, los padres llevaban a Francia a los críos y crías de diez o doce años en adelante a trabajar, iban a servir. Para Todos los Santos volvían a buscarlos y generalmente se reunían en el Hospital de Francia. La paga que sacaban de todo un verano era tal vez un saco de sebo. Un invierno fue especialmente duro. Los niños esperaban en el Hospital francés debajo del puerto de Aigües Tortes y los padres que no llegaban. El hospitalero ya les decía a los chavales que no fueran a la frontera, pero ellos, por la ilusión de volver a casa, no hicieron caso. Los envolvió la niebla, se perdieron y a las pocas horas los encontraron semicongelados. Un padre tenía que llevar dos hijos y no podía a la vez. Llevaba a uno hasta un refugio y volvía a por el otro. Solamente un hombre muy fuerte logró salvar a su hijo llevándolo en brazos, arropado con un tapabocas. Los periódicos de esos años se hacen eco de innumerables relatos trágicos. Uno, leído al azar en “El Pirineo Aragonés” de Jaca, con fecha de 2 de marzo de 1890, narra: “Por una carta que hemos recibido de la próxima villa de Ansó, tenemos la noticia de varias desgracias ocurridas recientemente en aquel distrito. Hace poco se dirigían a Francia ocho hombres y, al atravesar el puerto, quedaron cinco de ellos sepultados bajo un lurte horrible, del cual no podrán ser extraídos hasta el próximo verano”… La prensa de Tarbes cuenta también por esas mismas fechas la expedición de treinta y cinco hombres de Gavarni que van a hacer contrabando y en la base del Taillón, al avanzar en dos filas, un alud de nieve sepultó a la primera de ellas. Ocho hombres quedaron aprisionados, de los que siete murieron. Y solamente pudieron rescatar tres cadáveres. “Los otros cuatro -dice textualmente la nota- sólo se podrán recuperar en Junio”. Cuando recogía material sobre los contrabandistas, quedé profundamente impresionado por la cantidad de tragedias que vivieron aquellos hombres y mujeres que, por aliviar con unos pocos duros el presupuesto familiar, se jugaban la vida a diario en las noches invernales. Podría seguir con una larga lista de noticias parecidas que trae la prensa de ambos lados del Pirineo. Por cierto, que también aparecen noticias de osos en diversas cacerías. Todavía abundaban en esas calendas y, por supuesto, mucho más todavía, las cacerías de lobos. Rastreando la historia de la montaña, y cuando menos me lo esperaba, me encontré con una noticia sobre el Ruso que me disipó todas las dudas que pudiera tener. Aparece nuestro hombre con su verdadero nombre y apellido, profundamente aragonés. Era escueta, pero clarísima. Está datada el 17 de febrero de 1889 y dice así: “Se pide recompensa para el caminero Domingo Betés, alias el Ruso, que ha salvado de muerte segura muchos pasajeros”.
No esperéis mucha más leyenda del Ruso. Si os paso esta “falordia”, solo es para tratar de demostrar a mi manera, lo desconocida que es la historia de nuestras gentes.
Y cuando subáis a Canfranc, podréis contarla. Poca gente la conoce.
BASTIÁN LASIERRA

16 dic 2009

LA MALDICIÓN DE CANFRANC PUEBLO

Hace ya unos cuantos siglos, un crudo invierno llegó al pueblo, siguiendo el camino de Santiago un peregrino judío, solicitó alojamiento y comida a las gentes del pueblo, que no sólo se lo denegaron, además lo expulsaron del pueblo (no se sabe porque obraron así, cuando a los peregrinos siempre se les atiende), antes de perder de vista la última casa del pueblo, el peregrino les echó una maldición;
- Vuestro pueblo arderá tres veces y al final habrá una riada que lo hará desaparecer para siempre.
En 1617, contando sólo con 200 habitantes, Canfranc sufrió el primer gran incendio, solo quedaron en pie la iglesia de la Santísima Trinidad, dos casas, el castillo real y el molino de harina.
En Junio de 1944, sufrió el segundo incendio, una chispa del fuego de un hogar, en la parte alta del pueblo, llevado por el viento hizo que se prendieran los tejados de pizarra carbonosa y las techumbres de madera del resto de casas, ardieron 117 de las 132 que había. Para reconstruirlo, se realizó una suscripción nacional (se retuvo el salario de los funcionarios españoles por un día, pero el dinero nunca llegó a Canfranc) y la mayoría de la población tuvo que refugiarse hasta en las buhardillas del poblado nuevo (Canfranc Estación), donde finalmente, se edificaron barrios nuevos para los perjudicados, y al final, el pueblo entero se traslado al nuevo Canfranc.
Aún quedan por cumplirse la tercera y cuarta parte de la maldición…

12 dic 2009

LEYENDA DEL HOSPITAL DE STA. CRISTINA.

Poco después de empezar el descenso del Somport (el Summus Portus romano) se encuentran unos restos en forma de sillares abandonados que indican de la existencia de un antiguo hospital de peregrinos, el Hospital de Santa Cristina. El Códex Calixtinus lo consideraba como "uno de los tres pilares de la cristiandad" junto a los de Jerusalen y San Bernardo en los Alpes. Cuenta la leyenda que dos peregrinos procedentes de Francia, cuyo nombre ya se olvidó, iniciaron su peregrinación en pleno invierno. En el alto de Somport fueron sorprendidos por una tormenta de nieve y viento, que sumadas a la amenaza de los lobos, les hicieron temer por sus vidas y se encomendaron a la Santísima Virgen para que los salvara. En ese momento pudieron distinguir unas luces que señalaban un punto y al llegar hallaron una cueva, según otras versiones una cabaña, en la que pudieron resguardarse. Al día siguiente la tormenta había cesado y los lobos habían huido. En acción de gracias, los peregrinos prometieron fundar en este lugar un hospital para peregrinos. Fue entonces cuando apareció una paloma con una cruz dorada en el pico. Ésta abandonó la cruz en un lugar determinado. Los peregrinos entendieron entonces que la Virgen había adoptado la forma de paloma y les había señalado el lugar donde el hospital debía ser levantado. La paloma con la cruz en el pico sería desde entonces el escudo del hospital y ese motivo se encuentra también tallado en la iglesia de Santiago de Jaca.