Un día nuestros sueños nos llevaron de vuelta a Canfranc...

... recordé mis primeros esquís en Candanchú, mis primeros campamentos en Canal Roya, mis primeros pasos como monitor de tiempo libre en la casa de colonias junto al río, mis primeras escaladas en el Coll de Ladrones. Cuántos primeros pasos en un mismo lugar. Pero sobre todo recordé aquel olor a aceite quemado de los trenes en la estación, su vestíbulo, la gente subiendo y bajando del tren, sus largas y agradables cuatro horas desde Zaragoza, montañeros, esquiadores...cómo ha cambiado todo, ¡qué abandono!
Por un momento entristecí mientras se desvanecían aquellas imágenes, como si del color pasasen al blanco y negro. Sentí la necesidad de hacer algo, y así fué. Ahora subo casi todos los fines de semana; veo como la Estación se transforma, me manifiesto por la reapertura del Canfranc, paseo por sus montañas, observo su naturaleza, fotografío sus paisajes, convivo con sus gentes y vuelvo a deslizarme por su nieve.
Pero lo mejor es que todo ésto no lo hago solo, sino con mi mujer y mis hijos. Y contagiamos a familiares y amigos. ¿Te contagias tú también?

Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS Y LEYENDAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS Y LEYENDAS. Mostrar todas las entradas

27 feb 2021

LEYENDA DE LA MORA DE OZA (O LA SERPIENTE DE SIRESA)

  En la comarca de la Jacetania, muy cerca de Hecho, se encuentra la pequeña localidad de Siresa, que alberga una de las grandes joyas del Románico, el Monasterio de San Pedro de Siresa, que data de los siglos XI al XIII. 

  Su ubicación en puertas del conocido espacio natural de La Selva de Oza, que a su vez forma parte del Parque Natural de los Valles Occidentales, hace que quede expuesta a un montón de historias de índole popular. Y una de las más conocidas, es la leyenda de "La Mora de Oza".


  Cuenta la leyenda que hace unos cientos de años, en una cueva de la Selva de Oza, habitaba una mora, practicante de brujería y artes mágicas, que se dedicaba a sustraer y acumular todo tipo de vasijas y objetos sagrados de iglesias y monasterios.

  Un día de verano de no se sabe que año, un pastor de Siresa cuidaba su rebaño que pastaba en los prados altos de Oza cuando sin quererlo se encontró ante la entrada de una profunda cueva de la que salían extraños sonidos tintineantes, (como cuando el viento mueve las campanas feng shui que se cuelgan en las ventanas en China). El pastor entró entre sigiloso y atemorizado, recorriendo apenas unos metros. Sobre una de las paredes de la cueva se mezclaban brillos y sombras, lo que todavía causó más temor en el joven pastor. Decidió detenerse y darse la vuelta, pero en el primer paso atrás que dio, su pie golpeó algo metálico. Intrigado por saber que era aquel objeto, se agachó lo suficiente para poder distinguir en aquella oscuridad que se trataba de un cáliz. Pero no era cualquier cáliz. El pastor reconoció el escudo de armas del conde Aznárez, que fue señor de aquellas tierras, así que lo cogió y lo introdujo en su alforja para devolverlo al lugar de donde fue sustraído.

  El ruido metálico al golpear el cáliz llamó la atención de la mora, habitante de aquella cueva, que se encontraba limpiando y disfrutando de la belleza de sus tesoros robados. De un salto se puso en pie y salió corriendo despavorida hacia la entrada de la cueva. Observó al pastor a lo lejos corriendo colina abajo, dejando atrás a su rebaño custodiado por su viejo perro mastín. La bruja mora enfurecida aceleró e incrementó sus zancadas recortando cada vez más la distancia con el joven. Éste se percató de ello y también aceleró, aunque cada vez más aterrado ante la posibilidad de que le diese alcance antes de llegar al pueblo. Así que el pastor pensó que la única salvación era refugiarse en el monasterio de San Pedro, bajo techo sagrado y protegido por el Santo.

  Con la lengua fuera y empapado en sudor, cuando apenas lo separaban cincuenta metros de la bruja, el pastor consiguió atravesar el portón de la iglesia del monasterio y lo cerró tras él dando un portazo. La bruja mora se plantó ante allí en menos de un segundo dándose con ella de bruces, lo que la enfureció todavía más. Su furia la hizo transformarse en una gran serpiente que golpeó la bancada de piedra con toda su fuerza antes de marchar, dejando su huella para advertir a todos los vecinos de su poder, para que nunca más nadie se atreviese a acercarse a su morada y mucho menos quitarle sus pertenencias. Luego desapareció y nadie volvió a saber de ella.  


  Todavía hoy en día, si te acercas de visita al Monasterio de San Pedro de Siresa, podrás observar la bancada de piedra con la marca de la cola de la serpiente.

7 ene 2019

DIEZCABAÑAS Y EL SEÑOR LETRANZ.


            Hace muchos, muchos años, en la villa de Bellanuga, hoy en día Villanúa, existió un pastor a quien apodaban Diezcabañas. Nadie recuerda su verdadero nombre, pero sí se sabe que su apodo se debía a que a principios del verano, cuando subía los rebaños desde el valle a los puertos, recorría una decena de cabañas en las que los pastores se refugiaban durante la noche o se protegían de las tormentas. Ya era el único que hacía aquel recorrido, reunía varios rebaños del valle y se encargaba de subirlos en verano y bajarlos de nuevo a mediados del otoño, cuando el frío comenzaba a arreciar.
           
            Un veintitrés de junio, recién comenzado el verano, y tras dejar el rebaño en los puertos, bajaba Diezcabañas al valle, y a un par de kilómetros de la villa escuchó que alguien le llamaba. Diezcabañas se giró y descubrió quién era aquel que gritaba su nombre tan insistentemente. Se trataba del señor Letranz, el “profesor” para las gentes de Bellanuga. Letranz, ya jubilado, fue el maestro del pueblo durante los últimos cuarenta años. Ahora se dedicaba a recopilar datos y escribir acerca de la historia del valle.

            El pastor preguntó al señor Letranz qué le urgía tanto, y el profesor le comentó que quería que le acompañase a explorar una cueva que había encontrado cerca del camino de Santiago, al fin y al cabo, quién mejor que un gran conocedor de la zona como Diezcabañas para aquel cometido.

            Diezcabañas, con no muy buena cara, le respondió que no era el mejor momento para adentrarse en ninguna cueva, estaba anocheciendo y esa noche era la noche de San Juan, y el pastor, aunque era grande y aguerrido, era muy supersticioso, y recordó al profesor Letranz que esa noche era la elegida por las brujas (o güixas) para celebrar el Sabbat o aquelarre.

            El profesor se sonrió haciendo una mueca y desmontó los supersticiosos argumentos de Diezcabañas con otros más convincentes, de forma que el pastor accedió a acompañarle. Letranz era un hombre culto, ¿quién iba a rebatir sus sabias palabras?

            Así pues ambos vecinos de Bellanuga pusieron rumbo a la cueva que Letranz había descubierto junto al camino de Santiago. Al llegar allí ya estaba anocheciendo, pero tanto el precavido pastor como el pertrechado profesor portaban sus linternas, que en aquel tiempo eran lámparas de aceite. Apenas se veía una pequeña abertura entre los arbustos que parecía ser la entrada a la cueva. Apartaron parte de la vegetación y poco a poco, con mucho cuidado, se fueron adentrando en aquella cavidad misteriosa.

            La cueva era bastante húmeda, por sus paredes rezumaba el agua que se filtraba del subsuelo. Estaba algo resbaladiza, por lo que Diezcabañas y Letranz tomaron sus precauciones.
Se oía el goteo de las preciosas estalactitas formadas por el paso de miles de años, y conforme se iban adentrando, la cueva se iba ensanchando dando paso a espectaculares salas llenas de preciosas formaciones calcáreas.

            Todavía no llevaban media hora dentro de la cueva cuando Diezcabañas, que iba tras el profesor, se detuvo de repente e hizo detenerse también a Letranz. El profesor le preguntó la razón de su insistencia en parar la marcha, a lo que el temeroso pastor con los ojos casi fuera de sus órbitas le respondió que escuchaba una suave música con voces humanas a lo lejos. Letranz cerró los ojos, y poniendo sus manos ahuecadas tras sus orejas intentó captar lo que su compañero le contó. Pero el viejo maestro de escuela no oía ninguna música, y convenciendo al pastor de que eran imaginaciones suyas prosiguieron su camino.

            Minutos más tarde aquella música acompañada de cánticos con voces femeninas se hizo más audible, y fue Letranz quien asombrado hizo detener la marcha. Miró a la cara de Diezcabañas que tenía el rostro descompuesto, pues detrás de aquel voluminoso cuerpo se escondía un alma temerosa y supersticiosa. Pero Letranz, con su espíritu aventurero, quiso saber de dónde procedían y sobre todo descubrir quién las producía. Así pues, reanudó el camino adentrándose un poco más en la cueva con el tembloroso pastor a sus espaldas.

            Tras unos minutos, y siguiendo aquellos cánticos, llegaron a una sala tan grande como un palacio. La música venía de allí, resonando como en un salón de la ópera, pero allí no había nadie. Durante unos segundos, ambos compañeros de viaje buscaron con su mirada algo que les pudiera dar una pista, hasta que de pronto, como de la nada, apareció una bella mujer que se presentó como Guirandana de Lay, y con muy malos modos y palabras malsonantes les reprochó que hubiesen entrado en aquella cueva.

            Diezcabañas no sabía donde meterse, en los ojos de aquella mujer vio el mal, y tiró de la chaqueta de Letranz para salir de allí lo antes posible. Pero el profesor, malhumorado por las formas de la joven, le reprochó su vocabulario y le discutió que se necesitase algún permiso para estar allí. Esto hizo que la bella mujer se enojara todavía más y su cuerpo cambió en un instante. Su piel envejeció de repente y su belleza tornó en desagradable aspecto y de ella se desprendía un fuerte olor a azufre.

            No cabía ninguna duda, aquella tal Guirandana de Lay era una bruja, una auténtica bruja en las que no creía el profesor. Y aquellos dos inofensivos vecinos de Bellanuga habían profanado su Sabbat. Guirandana se elevó en el aire, levitando, y con un conjuro lanzó una maldición sobre aquellos hombres, destinándolos a convertirse en piedra y permanecer a la intemperie y para siempre en aquellos valles. Pero justo antes de lanzar su maldición apuntando con su vara de serbal, El profesor Letranz gritó hacia la bruja diciendo que todo mal que infringiese en ellos se volvería contra ella.

            Y así fue; el pastor y el profesor desaparecieron y se convirtieron en los dólmenes de Diezcapanas y de Letranz, mientras que la malvada bruja se quedó allí transformada en el dolmen de la Güixas. Pero cuenta la leyenda que cuando un número determinado de personas hayan visitado los tres dólmenes en el mismo día, un veintitrés de junio, los tres personajes volverán a su forma natural.
¿Qué número será ese? ¿Será el 666?

15 abr 2017

EL CABALLO DE ESTIVELLAS

 Conocí hace un tiempo a un nativo de Canfranc que ya no vive en estos Valles, pero aún tiene casa aquí y sigue subiendo siempre que se lo permiten sus quehaceres.
 Me contó que de niño su abuela le contaba una bonita historia para dormir, que a ella le contaban ya sus antecesores. Trataba de cómo la naturaleza puede volverse en tu contra si no la respetas.

 Hace muchos, muchos años, existió un precioso caballo que por su porte y belleza se libraba de acompañar a sus compañeros en los porteos que hacían a través del Puerto del Somport. Su dueño lo llevaba a las ferias de ganado sólo para presentarlo a los concursos, la mayoría de los cuales ganaba, lo que con el tiempo fue haciendo que este caballo se volviese altivo y arrogante.
 Cuando el resto de caballos y yeguas porteaban todo tipo de géneros para vender en el lado francés, él gozaba de días de libertad por las montañas para así cultivar su musculatura.
 Uno de esos días, en las laderas occidentales del valle, encontró una pequeña fuente de agua clara y fresca escondida tras unas rocas. Cansado y sediento bebió en ella con tanta ansiedad que la secó. Mientras iniciaba su marcha de nuevo, salieron frente a él tres pequeños seres revoloteando a su alrededor. No eran ni pájaros ni mariposas, y tenían una belleza tan especial que desprendían un halo de purpurina acompañado de una leve musicalidad. Eran las Estivellas, seres mitológicos del Valle que no se dejan ver así como así.
 El corcel frenó en seco y con voz arrogante y mirada altiva les dijo: - ¿Qué hacéis en mi camino? Apartad y dejadme pasar.
 Las Estivellas con voces serenas y amables le explicaron porqué le habían detenido de esa manera : - Verás, bello corcel, la fuente de la que has bebido es nuestra reserva de agua. Es un agua pura que baja del deshielo de las más altas cimas y tarda muchos días en volver a manar. No te prohibimos que bebas para refrescarte si lo necesitas, pero, por favor, no lo hagas con ansiedad y egoísmo para no dejar nada al que venga detrás, si secas la fuente no tendremos agua en una semana hasta que vuelva a manar.
 El caballo, con cara de desprecio y entre risas contestó: - ¿Prohibirme beber? ¿a mí?, jajajajaja. Beberé lo que quiera siempre que pueda.
 Y levantando sus patas delanteras para espantar a las Estivellas echó a correr montaña abajo sin ningún remordimiento.

 Pasados unos días, alrededor de una semana, el elegante caballo volvió a tener unos días de asueto para galopar libre por las montañas. Recordó el encontronazo con las Estivellas y fue en busca de la fuente. En poco más de veinte minutos se plantó en aquel recóndito lugar dispuesto a saciar su sed, pero esta vez se encontró con una sorpresa. Las Estivellas le estaban esperando delante de la fuente.
 Antes de que el caballo abriese su boca llena de blancos dientes, las pequeñas hadas hablaron con su particular amabilidad: - Hola bello caballo, suponemos que tras tus largos paseos por el monte estarás sediento. Te permitiremos que aplaques tu sed en nuestra fuente  pero bebe sólo lo suficiente para refrescarte. Ya sabes que esta pequeña fuente da de beber a otros seres de estos bosques y hace que la vegetación este verde y fresca para defenderse del calor y de los incendios.
 El caballo, tan listo como hermoso, accedió a la petición de los pequeños seres sabiendo que esa era la única forma de beber en la fuente: - De acuerdo, beberé sólo para saciar mi sed.
 Las Estivellas se apartaron y el cuadrúpedo se amorró a la pequeña fuente. Y con la misma ansia de la otra ocasión vació el torrente y sentenció: - Al parecer tenía mucha sed y he necesitado toda el agua para saciarme.
Dando un coletazo a las Estivellas se dio mediavvuelta y salió de allí al trote a la par que las hadas malhumoradas le gritaron: - Esta será la última vez que lo hagas. Si vuelve a pasar lo pagarás muy caro. - Pero el caballo hacía oídos sordos.

 Esta vez pasó más tiempo, pues el dueño del caballo lo llevó a un concurso en tierra llana, saliendo de nuevo vencedor.
 Al volver a casa su dueño le dio rienda suelta por el monte y el caballo se apresuró, más arrogante y seguro que nunca, hacia la fuente de las Estivellas. Había estado esperando el momento para volver a plantarles cara y dejar claro quien mandaba en esos montes.
 Cuál fue su sorpresa al llegar y encontrar la fuente a solas, sin nadie que la guardase y con su agua fresca y clara. Su egolatría le cegó y le hizo pensar que aquellos inoportunos seres voladores habían desistido y se habían rendido. Así que con toda la tranquilidad del mundo acercó su boca a la fuente y en el momento justo en que tocó el agua, sonó una leve y conocida musicalidad y un hechizo convirtió al corcel en tronco de madera y su larga y hermosa cola en preciosa cascada de aguas cristalinas que darían de beber a los seres del bosque durante miles de años.


 No será pues casualidad que exista un lugar llamado Olla de Estivellas y bajo el cual, con el deshielo, baja un precioso torrente que forma la Cascada de la Cola de caballo, cuyo agua discurre por el Barranco de Estivellas. Pero todavía más increíble es encontrarse en los senderos de este lado del Valle, un tronco con forma de enorme cabeza de caballo en posición de abrevar.

 Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado..........o no? Sube y compruébalo tú mismo.

26 ago 2012

CUENTO: "Sueños de Futuro" (1ª parte)

            Le había prometido a mi hijo un maravilloso viaje en tren. Esa noche no pegó ojo imaginando la velocidad a la que iría y el ruido de los trenes en la estación.
            Nos levantamos muy temprano para coger el primer tren de la mañana. Él casi no se tenía en pie de sueño, pero poco a poco se fue despejando, y sin hacer ruido, para no despertar a mamá, desayunamos y salimos hacia la Estación Intermodal de Delicias.
-          ¡Vaya! ¡Pues sí que es grande la estación! - Exclamó Víctor con cara de sorpresa.
Eran casi las seis y media de la mañana de un sábado del mes de junio de 2012 y ya había un gran bullicio en la Estación.
            En casi todos los andenes había un tren dispuesto a tomar la salida antes o después. El vaivén de pasajeros se acrecentaba conforme se acercaban las horas de partida. De repente se escuchó por megafonía la llamada que estábamos esperando:
-          “Tren regional con destino Canfranc-Estación efectuará su salida por la vía cuatro en breves instantes”.
-          ¡Vamos hijo! ¡Démonos prisa! - Dije yo tomándole de la mano y tirando de él para separarlo de los cristales.
-          ¿Cuál es, papa? ¿Es ese? - Preguntó mientras señalaba un moderno Altaria blanco al que subían apresurados algunos viajeros.
-          No, cariño. El nuestro es aquel.
Mientras yo decía estas palabras noté como cambiaba su rostro y se tornaba  desilusionado al ver un viejo tren que echaba humo por una chimenea.
Entonces le expliqué porqué había elegido ese tren y no otro. Era un auténtico Canfranero de época. Un convoy de los años treinta o cuarenta restaurado y ambientado en los años de mayor esplendor de esta línea férrea. La máquina era de pega, el humo que echaba era simplemente el vapor que producía algún artilugio para crear la ambientación. Le expliqué que aquel tren estaba lleno de historias que nos contarían durante el viaje, y que pasaba por lugares llenos de magia. Entonces la ilusión regresó a su carita redonda y sus ojos se achinaron mientras sonreía y decía:
-          Creo que éste es el mejor de todos los trenes, papá. Es diferente a los demás, y eso lo hace especial.
Sus palabras me dejaron boquiabierto, una sabia manera de pensar pasa tan sólo seis años.
Subimos a nuestro vagón. Al traspasar la estrecha puerta nos envolvió un halo de melancolía. Las imágenes se teñían en blanco y negro como si hubiésemos entrado en la máquina del tiempo. Los vagones estaban forrados de madera. Tenían un pasillo estrecho con ventanas en el que había que hacer contorsionismo cuando se cruzaban dos personas, aunque lo más práctico era que una de ellas se internara momentáneamente en un compartimento mientras pasaba la otra, pues a veces la situación era incómoda con tanto roce. Desde el pasillo se accedía a los compartimentos que incluían tres asientos tapizados como antaño en ambos lados del habitáculo, es decir que cabíamos seis personas por compartimento. Estaban separados por unos apoyabrazos fijos que daban algo más de comodidad. Una vez sentados los viajeros, según la altura que tuvieran, casi podían tocarse con sus rodillas. Sobre los acolchados butacones había unos portaequipajes de cuerda en forma de red y unas pequeñas luces en forma de ojo de buey cuya iluminación parecía algo escasa para leer sin la luz natural que entraba por los amplios ventanales.
Todos los detalles estaban cuidadosamente estudiados: los interruptores, las cortinas, los pomos de las puertas, incluso los baños con su retrete y su pequeño lavabo. Lo único diferente era que los ceniceros ahora estaban sellados con un cordón de soldadura. Todo era como en aquellos años, eso sí, intentando darle la mayor comodidad posible.
Víctor estaba impaciente por salir. No quería sentarse y se quedaba en el pasillo mirando por la ventana mientras  gritaba a la gente que corría por el andén: - Venga, que nos vamos.
De repente sonó un pitido ensordecedor, y al segundo volvió a repetirse. Aún no había parado de sonar cuando el vagón comenzó a moverse. Fue entonces cuando Víctor vino corriendo a sentarse, entre eufórico y asustado, a mi lado y junto a la ventana.
Frente a nosotros había una anciana muy arreglada que sonreía al ver la emoción del pequeño al mirar por la ventana cómo nos movíamos. 
-          Pues para ser un tren antiguo no va tan despacio, papá.
-          Verás hijo, antes iba más despacio. Le costaba entre cuatro y cuatro horas y media hacer todo el trayecto. Tiene muchas paradas, pero desde que arreglaron toda la línea entre Huesca y Canfranc le cuesta unas dos horas y media nada más.
En ese momento comenzó a funcionar la megafonía interna del tren con una agradable y femenina voz que nos acompañaría todo el viaje. Cada vez que sonaba era para explicar o contar algo relacionado con los lugares por donde pasábamos o parábamos.  Daba datos históricos, geográficos, artísticos e incluso contaba alguna leyenda. Hasta llegar a Huesca hizo pocas veces acto de presencia, pero su silencio fue sustituido por la temblorosa voz de la mujer de avanzada edad que teníamos enfrente.
-          Yo soy de Canfranc, ¿sabes? – Dijo mirando a Víctor con sus cansados ojos.
-          Nací allí hace muchísimos años, y aquello ha cambiado mucho desde que estuvieron los nazis hasta ahora.
-          ¿Quién son los nazis? – Interrumpió Víctor.
-          Eran los seguidores del partido nacional-socialista de la Alemania de los años treinta y cuarenta, pero de estas cosas tú todavía no entiendes, ya lo estudiarás en el cole dentro de unos pocos años. A los que yo me refiero eran los soldados del gobierno alemán de esa época, que por un acuerdo con el gobierno de España se instalaron en Canfranc para controlar la frontera con Francia. Como veo que te gusta la Historia, te voy a contar la historia del Oro de Canfranc.
-          ¡Vale, vale! - Exclamó el infante inclinando su cuerpo hacia delante.
-          Sí. – Dije yo – Pero mientras te comerás el almuerzo que hemos preparado.
De esta manera comenzó el mejor momento que pasamos en el viaje. Escuchamos en boca de una de sus protagonistas la historia más conocida del lugar a donde nos dirigíamos.
La anciana se esmeró en contarla de modo que Víctor pudiera comprenderla, pues es una historia algo complicada para un niño. Luego me confesó que había sido maestra y estaba acostumbrada a hablar a los niños.
-          Pues verás. – Dijo la anciana. - Todo esto sucedió en Canfranc entre 1942 y 1945. Alemania controló la aduana internacional de Canfranc durante la Segunda Guerra Mundial con un grupo de oficiales de las SS y miembros de la Gestapo, que era la policía nazi. Residían en el hotel de la estación y en otro del pueblo. España no estaba en guerra, pero Franco debía devolver la ayuda que Hitler, el primer ministro alemán, le proporcionó durante la Guerra Civil, lo que consistió en enviar a Alemania toneladas de volframio de las minas gallegas, un mineral fundamental para blindar sus tanques y cañones. A cambio de esa ayuda estratégica, España recibió al menos 12 toneladas de oro, a Portugal llegaron 74 toneladas de oro, 4 de plata, 44 de armamento, 10 de relojes y otras cosas robadas a los judíos.
-          ¿Por qué robaban los nazis a los judíos? – Interrumpió Víctor.
-          Porque la idea de los nazis era que todo aquel que no era de su raza, a la que llamaban aria, era impuro y debía de ser apartado. Los mandaban a unos campos de trabajo y les quitaban sus pertenencias. Pero esa es otra historia.
La mujer no quiso dar más detalles acerca del exterminio y los campos de concentración, cosa que agradecí. Fue en ese momento cuando me miró y sonriendo me dijo que había sido maestra y que no me preocupara, lo cual me tranquilizó. No me agradaba la idea de tener que dar explicaciones a mi hijo acerca de un pedazo de la Historia que aunque no olvidado, sí debería de ser borrado.
-          Los alemanes, – prosiguió ella, - vivían en la estación y celebraban hasta conciertos de piano en el comedor. Eran muy educados, eso sí. Bailaban valses con las chicas de Canfranc y les regalaban chocolate. Ellos eran ingenieros o químicos y nosotros, unos ignorantes que tenían mucha hambre después de la Guerra Civil . El oro nazi llegaba en tren a Canfranc con destino España  y Portugal. Se descargaba el oro de los trenes de Suiza por el puente internacional y se colocaba en unos camiones suizos que se encargaban de llevarlos hasta Madrid y Portugal. . Se calcula que entraron a España 20 toneladas de oro a cambio de volframio. Ese volframio todavía se puede ver, 65 años después, en las vías muertas y muelles de la estación de Canfranc.
Los carabineros, la Guardia Civil y los oficiales de las SS eran inflexibles con   los robos de mercancías como los relojes que se llevaban a Portugal. Alguien se llevó una caja y estuvieron buscándolo varios días. A un chaval le pusieron una multa muy alta.
   Lo peor de todo era el hambre, que calmábamos gracias a las mercancías que se descargaban. El salario medio de un obrero era de 200 pesetas al mes. Por eso, siempre se escapaba algo de los trenes para casa. Cogíamos latas de sardinas, azúcar, aceite, café o la mistela que enviaban los portugueses de Madeira. Menos mal que pasaba mucha mercancía y podíamos llevarnos cosas, porque había mucha hambre.

A veces, mientras contaba su historia, me parecía  ver como sus secos ojos se humedecían con el recuerdo. Tal y como contaba el relato, con claras referencias en primera persona, entendí que ella era protagonista de aquel pedazo de Historia. Al principio no quise preguntarle por si la incomodaba, aún más estando el niño delante.
Al poco terminó su relato diciendo: “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”, una buena manera de dar un tono infantil y quitar hierro al asunto.
Casi sin darnos cuenta estábamos llegando a Ayerbe, puerta de entrada al reino de los Mallos. La megafonía del tren, a la que hasta ahora casi no habíamos hecho caso, comunicaba la llegada a su estación y hacía referencias a sus Palacios, gastronomía y a la cercanía de importantes monumentos como el Castillo de Loarre y la Colegiata de Bolea. Yo le contaba a mi hijo la de veces que de joven había parado en Ayerbe a comprar alguna de sus famosas tortas e incluso una bota de vino en el conocido botero artesano que había por entonces, de camino a Riglos con mis compañeros de escalada.
-          ¿Tú escalabas? – Me preguntó con los ojos redondos como platos.
-       Sí, cariño, pero yo era muy malo. Tenía amigos que subían como lagartijas.
A los pocos minutos estábamos pasando bajo los Mallos de Riglos. Yo le contaba a Víctor aventuras mientras señalaba con el dedo algunos escaladores que asemejaban ser termitas en su termitero:
-       Mira, hijo, son el Puro, el Mallo Pisón, el Firé, la Visera…
-       Ese parece la mano de un gigante…Y los escaladores ¿no se caen? – Preguntó con el morboso interés de un niño de su edad.
Mientras se quedaba atónito mirando el paisaje por la ventana, yo me incliné hacia delante y con voz susurrante pregunté a la anciana aquello que no podía contener más.
-       Disculpe  mi descaro, espero que no le ofenda mi pregunta, pero desde que nos ha contado la historia de el oro tengo la necesidad de saber si usted tuvo que participar activamente de alguna manera en ella.
            Con el mismo tono de voz con el que yo le había preguntado, ella me respondió, no sin antes mirar hacia el pasillo, como si todavía hubiera hombres de la Gestapo vigilando.
-       Fui correo de los aliados. Llevé correspondencia clandestina. Sobres que contenían fotos y cartas en francés o inglés. No fui la única. Lo pasábamos muy mal. A veces íbamos en el tren sentadas junto a algún Guardia Civil, pero gracias a nuestro trabajo pudo terminar la guerra con el desembarco de Normandía. ¡Y vale! No me gusta hablar de ello.

CUENTO: "Sueños de Futuro" (2ª parte)

Justo entonces Víctor se volvió para preguntarme algo, lo que hizo que el ambiente de secretismo se dispersara y ella se sintiese mejor. Mi imaginación giraba en torno a imágenes de películas de nazis y de la Segunda Guerra Mundial, hasta que Víctor volvió a asediarme con sus preguntas.
-      Oye, papi ¿Qué es ese lago? – Y pegó su nariz al cristal formando un círculo de vaho a su alrededor.
-          Eso no es un lago, es el Embalse de La Peña. Está formado por las aguas del río Gállego, que has visto antes desde arriba al pasar por un puente. En ese río se practican deportes con barcas de goma y canoas que se llaman rafting y kayak.
-          Sí como en las aguas bravas del parque del agua de Zaragoza.
-          Exactamente, ¡Qué listo eres, hijo! Además en el Pantano de La Peña la gente pesca truchas, y por los alrededores hay muchas rutas para caminar o ir en bicicleta.
Aprovechamos mientras llegamos a Jaca para estirar las piernas por el pasillo del vagón. Hay un montón de gente. Nuestro compartimento es de los pocos que va medio vacío. Hacía años que no había visto tanta gente en este viaje, pero es lógico, desde que lo convirtieron en un tren turístico con encanto todo el mundo quiere disfrutarlo. Hay quienes como nosotros sólo iban a pasar el día, otros harían noche en Canfranc para bajar el domingo, y  escuche a una pareja que subían con sus bicicletas para iniciar el Camino de Santiago en Somport.
Todavía no le había contado a Víctor que con el billete de tren teníamos entrada libre al museo ferroviario del Canfranero, y que una vez en Canfranc-Estación íbamos a subir paseando hasta el Fuerte de Coll de Ladrones, que adquirió una empresa privada hace unos años y lo ha rehabilitado como museo militar y hospedería, con un restaurante donde dicen que se come muy bien.
Desde Jaca había una preciosa vista de la peña Oroel, y señalando su cima prometí a mi hijo que un día subiríamos juntos hasta allí.
Volvimos a nuestros asientos para disfrutar los últimos treinta kilómetros, que son los más empinados y  más bonitos por sus paisajes. Allí seguía sentada nuestra compañera de viaje.
-          ¿Se cansa de tanto rato en el tren? – Le pregunté.
-          No, ahora es una delicia viajar aquí. Yo ya estaba casi acostumbrada a las cuatro horas de viaje y a acabar en el autocar por culpa de los descarrilamientos. Les ha costado una eternidad a los políticos darse cuenta de la maravilla que teníamos. Es una pena que yo ya pueda disfrutarla poco, al menos tu hijo guardará buenos recuerdos de este viaje contigo.
-     Y con usted, también tendrá un buen recuerdo de usted. Pero no diga esas cosas,     que aún tiene mucha vitalidad y podrá seguir haciendo este viaje muchos años.
La agradable voz de la megafonía volvió a interrumpir nuestra conversación para comunicarnos, tras pasar por Castiello de Jaca, que íbamos a atravesar el famoso viaducto de Cenarbe, una fabulosa obra de ingeniería que hace que parezca que el tren vuela sobre el Valle del Aragón.
      Al poco rato observamos la majestuosa cima de La Collarada que se alza sobre el siguiente pueblo: Villanúa. Es una vista preciosa, todavía tenía nieve en la cima.
      Ya nos quedaba poco para llegar,  y cuando nos acercamos a Canfranc pueblo la voz en off nos contó la leyenda de la maldición de éste lugar:
-     “Hace ya unos cuantos siglos, un crudo invierno llegó al pueblo, siguiendo el camino de Santiago una peregrina judía, solicitó alojamiento y comida a las gentes del pueblo, que no sólo se lo denegaron, además la expulsaron del pueblo (no se sabe porque obraron así, cuando a los peregrinos siempre se les atiende), antes de perder de vista la última casa del pueblo, la peregrina les echó una maldición;
      -     Vuestro pueblo arderá dos veces y al final habrá una riada que lo hará  desaparecer para siempre.
                  En 1617, contando sólo con 200 habitantes, Canfranc sufrió el primer gran incendio, solo quedaron en pie la iglesia de la Santísima Trinidad, dos casas, el castillo real y el molino de harina.
                  En Junio de 1944, sufrió el segundo incendio, una chispa del fuego de un hogar, en la parte alta del pueblo, llevado por el viento hizo que se prendieran los tejados de pizarra carbonosa y las techumbres de madera del resto de casas, ardieron 117 de las 132 que había. Para reconstruirlo, se realizó una suscripción nacional (se retuvo el salario de los funcionarios españoles por un día, pero el dinero nunca llegó a Canfranc) y la mayoría de la población tuvo que refugiarse hasta en las buhardillas del poblado nuevo (Canfranc-Estación), donde finalmente, se edificaron barrios nuevos para los perjudicados, y al final, el pueblo entero se traslado al nuevo Canfranc.
                  Los más viejos del lugar esperan resignados a que cualquier día el río crezca tanto que se desborde y se los lleve por delante.

La verdad es que esta vez los políticos lo habían hecho bien. Todo estaba cuidado al detalle. El viaje estaba siendo perfecto, incluso llegué a pensar si la señora de enfrente no sería una trabajadora de la oficina de turismo o algo así. Quién sabe, hoy en día los maquilladores del cine hacen auténticas obras de arte. Me sonreí cuando pensé eso. Claro que también a los aragoneses nos ha costado años aprender a defender y reivindicar lo nuestro 
-          ¡Papá, ya llegamos! – Gritó Víctor. - ¿Qué es eso tan grande?
-          Eso era la antigua Estación Internacional de Canfranc. Donde transcurrió la historia del oro que nos han contado. Ahora es un hotel de lujo, pero se puede ver el vestíbulo que lo dejaron como era antiguamente. Hicieron esta otra estación más pequeña porque no hay tanto tráfico de trenes como antes.
-          Pues a mí me gusta más la antigua. Y ahora ¿qué vamos a hacer?
-          Tengo una sorpresa preparada, pero antes de bajar despídete de esta señora tan amable y dale un buen beso.
-          Muchas gracias. - dijo Víctor. Y le dio un fuerte beso.
-          De nada cariño. – Contestó la anciana. Y le dio cuatro o cinco.
-          Adiós señora, ha sido un placer. Espero volver a verla. – Le dije yo.
 Nos apresurábamos a bajar para aprovechar el día cuando vi que Víctor llevaba en la mano una foto antigua con algo escrito por detrás. Era una vieja postal.
-          ¿De dónde has sacado eso? – Le pregunté.
-          Es de la señora, me la ha regalado.
-          Pero esto es un recuerdo personal, vamos a devolvérselo.
Aun estábamos en el pasillo, a unos cinco o seis metros de nuestro compartimento cuando volvimos a buscarla. Cual fue nuestra sorpresa cuando al entrar vimos que no había nadie. En ese momento pasaba junto a nosotros el revisor, que como todo lo demás también iba ambientado como antaño.
-          Perdone señor. ¿Ha visto a la señora mayor que viajaba junto a nosotros? Tenemos que devolverle algo.
-     Disculpe, - me dijo el revisor, - pero en su compartimento sólo viajaba usted con su hijo. No he visto ninguna señora mayor en todo el trayecto. – Se dio media vuelta y siguió pasillo abajo.
Me quedé boquiabierto sin saber que decir, estático. Víctor tiró de mí indicando que como la mujer se había ido nosotros debíamos hacer lo mismo. Y así fue. Bajamos del Canfranero y pasamos un día inolvidable. Aprendimos muchas cosas de aquel lugar mágico y de su Historia, y con las últimas luces regresamos a Zaragoza en “nuestro” Canfranero. Durante el trayecto de vuelta no dejaba de pensar en la anciana, y como siempre mi hijo me sacó del trance;
-          En invierno, con la nieve ¿cómo pasa el tren?
-          La máquina lleva delante una quitanieves para apartar la nieve de las vías, y si hay mucha pasa antes una máquina especial de mantenimiento. Además éste tren en invierno se convierte en el Canfranero blanco, que no significa que lo pinten de blanco, sino que hace viajes especiales para que la gente suba a esquiar.
-          Me ha gustado mucho, papá. La próxima vez hay que decirle a mamá que se venga con nosotros.
Cuando el Canfranero hacía su entrada en los andenes de la Estación de Delicias, Víctor estaba completamente dormido, en la sonrisa de su cara se podía adivinar que había disfrutado. Lo cogí en brazos y lo llevé hasta el coche en que mi esposa nos estaba esperando. Una vez en casa lo acostamos, y tras contarle a ella todo nuestro viaje nos fuimos también a dormir.A la mañana siguiente, Víctor vino corriendo a mi cama y exclamó:
-          Mira, papá, aquí quiero que vayamos de viaje este verano. – Enseñándome una vieja postal en blanco y negro de Canfranc. – La encontré ayer en el parque mientras jugaba con mamá.
Entonces, aún algo somnoliento miré el despertador de la mesilla. Es uno de esos despertadores en los que viene la fecha, la hora, la temperatura y no sé cuantas cosas más. Todavía era sábado, un sábado del mes de junio de 2010.




                                         ROBERTO MARÍN.





9 abr 2012

SERES DEL BOSQUE (MITOLOGÍA DE CANFRANC)


LOS MELANCÓLICOS.
Son los seres que realmente dan nombre al paseo que hay detrás de la estación. Se llaman así por la tristeza que les invade cada vez que los humanos arrancan una flor o cortan un arbusto.
Son del tamaño de un pulgar y dedican su vida a replantar el bosque. Son capaces de devolver la vida a una flor cortada con sus poderes mágicos.

 Hay quien dice que los ha visto un segundo, pues son muy rápidos y se camuflan entre las hojas caídas de los árboles. Viven en los huecos de los troncos y se alimentan de la resina de pinos y abetos.
Pueden vivir cientos de años, pero cada vez que un humano arranca una flor de su bosque, uno de ellos enferma y sólo sanará si un Melancólico devuelve la vida a otra flor.


                                        LOS CARGATES.
Son seres del tamaño de una nuez y viven en barranqueras y arroyos. Son una mezcla de humano y anfibio y son amigos de ranas , tritones y salamandras.
Necesitan del agua para vivir y se encargan de filtrar y limpiar el agua de arroyos y manantiales.
Su jefe se llama Epifanio y cada vez hay menos porque los glaciares de las montañas están desapareciendo y los barrancos se están secando.
Se alimentan de musgo y pan de rana.



LAS ESTIBELLAS.
Se llaman así porque los habitantes del valle decían de ellas que eran muy estiradas y bellas. Son del tamaño de un gorrión y están a caballo entre un pájaro y una mariposa. Son difíciles de ver porque sus oídos pueden distinguir el ruido de un humano a mucha distancia y huyen revoloteando en cuanto lo sienten.
Se alimentan de la savia de los árboles y de la clorofila de sus hojas, y cuando se juntan cuatro o cinco pueden batir sus alas con tanta fuerza que provocan los vientos del valle, unas veces para limpiar el aire y otras porque se enfadan con los hombres.



LAS CUCAS.
Son mitad mujer, mitad sarrio, y aunque son algo más pequeños que éstos, son más rápidos y ágiles.
Viven en las cimas más altas del valle, en zonas rocosas y escarpadas y sólo salen cuando el sol se pone para vigilar desde arriba a los hombres que cometen sus fechorías en la oscuridad de la noche. como cazadores furtivos, pirómanos...




LOS PICA-UVES.
El abrupto paisaje de Canfranc-Estación no es algo casual. Desde tiempos muy remotos existen en el valle unos seres diminutos que cabrían en un vaso de agua. Mientras los humanos duermen se agrupan cientos de ellos para picar las rocas y formar preciosos valles en la montaña. De ahí el nombre que recibieron de nuestros ancestros; los Pica uves, pues los valles que construyen tienen esa forma. Viven bajo tierra y tienen una vista muy reducida pero sus enormes narices les permite distinguir todo lo que les rodea por su olor, igual que los topos.


19 dic 2011

LA LEYENDA DE CASTIELLO

Cuenta la leyenda que un peregrino francés, entrando por el Somport, se dirigía a Santiago. Aparte de su sombrero de ala ancha, el abrigo corto con esclavina, la calabaza para el agua o el vino, el bordón y la esportilla de cuero donde portaba una pequeña cantidad de comida y algo de dinero, cargaba al hombro un saco bastante voluminoso. Así atravesó Canfranc y Villanúa para llegar a Castiello y dormir en la hospedería aquella noche.
A la mañana siguiente, sin despedirse de nadie, se dispuso a marchar con su saco a la espalda, pero cuando estaba a punto de salir del pueblo, el peregrino, como fulminado, cayó muerto. Todo el pueblo corrió a auxiliarle y le llevaron, antes de enterrarlo, a la losa del cementerio.
Ante el asombro de todos, el peregrino volvió a la vida súbitamente y, de forma apresurada, emprendió de nuevo su camino, pero otra vez se quedó sin vida a la salida del pueblo. Quienes lo recogieron se percataron de que realmente había muerto. Pero el caso es que hasta cuatro veces se repitió tan extraordinario acontecimiento: si se iba del pueblo, el peregrino moría y cuando lo devolvían a Castiello, resucitaba.
Naturalmente intentaron buscar una explicación a aquel misterio, sobre todo cuando observaron que cada vez que emprendía el viaje de nuevo y conforme se iba alejando, a cada paso que daba el peregrino se encorvaba más y más.
Fue entonces cuando el viajero contó que un anciano le había encomendado transportar el saco que llevaba a la espalda por el Camino de Santiago, advirtiéndole que cuando el saco aumentara de peso no se resistiese. A la vista de lo sucedido aceptó la idea de que tenía que dejar el saco en Castiello pues era imposible salir de allí. Lo que nadie sabía era lo que contenía el misterioso saco, así es que decidieron abrirlo, apareciendo en su interior unas reliquias que fueron depositadas en la iglesia, donde todavía se conservan. Aparte de varias pertenecientes a diversos santos, destacan una espina de la corona de Cristo y una astilla de la cruz en la que murió.
El peregrino pronto desapareció, se dice que llegó a Santiago, que ganó la Compostelana y volvió a su país. Otros cuentan que de vez en cuando en el camino se encuentran a un misterioso anciano con un gran saco a sus espaldas.

JOSÉ LUIS SOLANO ROZAS.

22 sept 2010

GUIRANDANA DE LAY, HECHICERA DE VILLANÚA

Mediante proceso criminal en la ciudad de Jaca en 1461, Guirandana de Lay, mujer de Villanúa, fue acusada de hechicera y envenenadora y condenada a la hoguera.

Guirandana de Lay habitaba en Villanúa, pero en el proceso no se indica su lugar de nacimiento. Aunque por la toponimia de su apellido, podría ser de origen bearnés. De hecho eran muchos los bearneses afincados en Aragón, y no pocos de ellos (casi siempre mujeres) juzgados por brujería y hechicería. También gracias a este proceso conocemos un único pariente, su madre, Vicienta, cómplice de sus crímenes.

El proceso se inicia el 12 de marzo de 1461, ordenándose su “busca y captura”, hecho que tiene lugar al día siguiente en Villanúa, siendo la acusada trasladada a Jaca donde se le exponen los cargos de los que se le acusa:

-         En diciembre de 1460, en el molino harinero de Villanúa, dio pan mezclado con hierbas venenosas a la niña de 11 años de edad, Agnes, hija de Blas de Acín, cayendo ésta semimuerta y extinguiéndose su vida poco después.
-         En septiembre de 1460 dio hierbas mortíferas a Sancha, hija de Sancho Latorre mientras estaban en unas viñas de Villanúa. Sancha quedó moribunda sin esperanza de recuperación.
-         En marzo de 1460 fue a casa de Bertrana, mujer de Rodrigo La Cambra, y la visitó en su telar, donde tras una discusión le pasó unos polvos por la boca que le hicieron caer al suelo agonizante sin remedio.
-         En enero de 1461 envenenó a Gracica, nieta de Sancho Acín, uno de los siete acusadores. Al pasar la niña por delante de la puerta de la casa de Guirandana, ésta le dio algo para comer mezclado con hierbas mortíferas. Gracica cayó al suelo y murió a continuación.
-         Otro día de enero de 1461, Guirandana dio una poción venenosa a María, hija de Esteban D’Osán. Se le infló el vientre y murió emponzoñada.
-         En mayo de 1458 fue a ver a Sancha Ximénez, Mujer de Sancho Bescós, y junto a una acequia le untó la boca con agua mezclada con polvos mortíferos. De ello enfermó y murió.
-         En septiembre de 1457 dio una pócima venenosa en una manzana a Blasquico Callizo, hijo de Sancho Callizo, uno de los acusadores. Murió envenenado.
-         También en septiembre de 1457 dio pociones venenosas en un cuarto de manzana a Gil D’Acín, hijo de Blasco D’Acín. También murió. En este caso acusan de complicidad a su madre Vicienta.
-         Se le acusa de que fue y es ponzoñera, mala y perversa confirmándolo así diecisiete personas en el lugar de Villanúa. Y fue y es mujer de mala fama en voz pública en la ciudad de Jaca, Villanúa y allí donde había noticia de ella, considerándole la líder “cap e bordon” de las ponzoñeras.
-         Se le acuse de haberse jactado y de alabar sus acciones, como corroboraban muchos hombres del lugar.


Por consiguiente el fiscal pidió al juez que la acusada fuese quemada en la hoguera y obligada a pagar los gastos del juicio mediante el embargo de sus bienes.
Los días 13 y 14 de marzo se le realiza el primer interrogatorio a la acusada. En un primer momento se declara inocente, pero ante las preguntas del Lugarteniente del Justicia acaba reconociendo sólo el envenenamiento de Gil D'Acín, aunque con la ayuda de otras, especialmente de su madre Vicienta. También acaba declarando y nombrando al resto de ponzoñeras y ponzoñeros que le acompañaban: Sancha Fatás, el matrimonio Betrán y Andrea, Peregrina la viuda, Graciana de Beneduges y su hija Contessa, María de Pes de La Cura, y su propia madre Vicienta.

El 24 de marzo de 1461 el Notario Martín de Rayza, comunicó los cargos a Guirandana por petición del procurador fiscal, y ella encomendó su alma  a Dios y a la Virgen María. También se hizo una tasación de las costas del juicio que sumaron 83 sueldos, 4 dineros y 15 florines. El lugarteniente del Justicia de Jaca ordenó ejecutar el embargo de los bienes de la acusada para satisfacerlas.

En el proceso criminal a Guirandana de Lay no consta la ejecución de la sentencia, pero es de imaginar que sería quemada en Jaca.

Posteriormente  en 1498 la Inquisición de Zaragoza procesó, condenó y quemó por delitos de brujería a Narbona d’Arcal  de Cenarbe (aldea de Villanúa). Más tarde la Justicia seglar (civil) aragonesa procesó por el delito de brujería y hechicería a varias mujeres de Villanúa: Juana Sánchez (1575), Juana La Cura (1590) y Monserrat Mayayo (1590).

LA CUEVA DE LAS GÜIXAS

Bajo el macizo de Collarada, en el municipio oscense de Villanúa de Jaca, se encuentra la cueva de Las Güixas.
La existencia de estas cavidades se remonta a la última era glaciar, hace 25.000 o 30.000 años. Desde entonces, el agua, gota a gota, ha creado uno de los paisajes espeleológicos más bellos del Pirineo Aragonés, donde las estalactitas y estalagmitas florecen a lo largo de sus 800 metros de recorrido.
Según se avanza hacia el interior, la cueva va ganado altura, sonidos y formas, hasta llegar a la "catedral". En esta sala la altura alcanza los 16 metros y las formaciones pétreas se manifiestan en todas sus variantes. Columnas que unen suelo y techo, cortinas que dejan entrever a los primeros murciélagos que se asoman curiosos ante los extraños, y figuras con formas familiares que despiertan la imaginación de los visitantes.
La gruta de las Güixas, debe su nombre a un agujero que ilumina una de las salas que la componen. Cuenta la leyenda que aquí, bajo esta "chimenea", las brujas hacían aquelarres e imploraban al demonio. Se supone que éste era un espacio donde encontraban las condiciones perfectas para realizar sus ritos y ver a través de la "chimenea", la luna y las estrellas, elementos imprescindibles en sus ceremonias. Aunque la palabra “güixa” se cree que viene de guija, una legumbre parecida a las habas con la que se hace la harina de almortas, ingrediente principal de las gachas. No obstante las brujas hacían conjuros y hechizos con habas, y es posible que utilizasen guijas para invocar al demonio.
Pero las bruxas (brujas en aragonés) no fueron los únicos habitantes de esta cueva sino que, hace ya 10.000 años los hombres del Neolítico vivían en estas salas, las mismas que sirvieron de guarida y almacén a muchos hombres que lucharon durante las guerras Carlistas y en la Guerra Civil.
No todas las reuniones brujeriles eran iguales. Había encuentros de dos tipos que se llamaban Esbat o Sabbat. Las primeras eran de importancia menor, más habituales, y podían realizarse en mayor número de sitios: encrucijadas de caminos, bosques, ruinas o incluso casas. El Sabbat, sin embargo, se reserva para días especiales, como la Noche de Difuntos o la de San Juan, y los lugares elegidos estaban cargados de energía y misterio. Esos sitios reservados para los grandes aquelarres solían ser o los prados situados sobre las cimas de las montañas, o las inmensas cuevas que existen en el interior de esas mismas montañas, sin olvidar otros lugares de ambiente encantados como algunos famosos castillos deshabitados. De hecho, tanto los legajos de la Inquisición, como la tradición popular, señalan muchos lugares donde las bruxas celebraban sus reuniones o chuntas en Aragón.
La Cueva de As Güixas, se abre al lado de un dolmen, dato importante pues relaciona de alguna manera los ritos atribuidos a las brujas, con la antigua religión de los pueblos megalíticos, y en definitiva, relaciona el mundo de los vivos y el culto a los muertos.
Las bruxas que se dirigían volando a sus lugares de reunión se encontraban en un punto concreto pasada la hora mágica de la medianoche. Allí todas juntas rendían culto al diaple o diablo, que se presentaba como buco (macho cabrío), como hombre oscuro montado en un buco o en un caballo negro, con perro, o en la figura humana con partes de animal, como patas de cabra, cuernos, orejas de carnero... Así, con todos estos datos y el espacio subterráneo de la Cueva de las Güixas de Villanúa, nos podemos imaginar las fantasmagóricas escenas que legendariamente han tenido lugar en esta famosa gruta.

POEMA


-->
 CANFRANC
Es la piedra y el reino de la piedra
lo que sobre los hombres permanece 
-de niño escondí  en esta tierra mi
inocencia- después de que la lluvia haya cesado. 

Aquí, el águila no importa,
no importa la víbora ni el sarrio.
Sólo la roca aupada contra un cielo azulado
es lo que importa.

Preguntad por el río,
la nieve, por el hielo. Preguntad
por la vida -yo la cogí por estos precipicios-
y nadie sabrá que responderos.

Es tan sólo la roca, lo repito,
lo que señala el valle y la vaguada.

El pueblo, monótono, se aburre,
se emborracha. No existe el horizonte. La roca,
esa mano de Dios petrificada, es la única señal
que al hombre aguarda.

Por José Antonio Labordeta.

18 feb 2010

EL CUCHARERO DE CANFRANC

En el pueblo de Canfranc, en pleno pirineo aragonés, vivía hace muchos años Damián, llamado el Cucharero. Era hombre de montaña, un poco hosco, escaso en palabras y ducho en recursos. Tenía que sobrevivir al duro clima y a las difíciles pruebas que cada día le imponía su hábitat. Formaba parte del grupo de pastores de la comarca. Los pastores bajaban a Tierra Plana en cuanto asomaban los primeros fríos, para proteger al ganado y darle pastos en los campos situados más al sur, donde la nieve desaparecía antes. La transhumancia era la forma de vida de la montaña, y nadie se planteaba que hubiera maneras distintas de vivir, o de sobrevivir. Aunque, en una ocasión, Damián quiso cambiar su vida.
Ese año, había sido padre de un niño. Cuando marchó al llano el invierno anterior, su mujer le había dicho que encontraría nuevo ganado al regreso, pero él nunca imaginó que se refería a su primogénito, al ereu, el heredero de la casa. Cuando volvió, se encontró con una criatura de meses, y a su madre diciéndole:
-El mosén quería que lo bautizara antes, pero he querido esperarte.
-Le pondremos Fabián, como su abuelo, así tendrá al ángel de la guarda y a la almeta de mi padre que en paz descanse para protegerle toda su vida.
Esto lo dijo Damián con lágrimas en los ojos, y sólo había llorado antes una vez en su vida, que recordara, y fue cuando vio caerse a su hermano por las Peñas y matarse al ir a buscar un cordero que se había perdido.
El resto del año a Damián se le pasó como en vísperas, y cuando se quiso dar cuenta, el invierno volvía a ocupar su lugar. Pero esta vez el pastor dijo que no bajaba con el ganado. Los demás pastores le llamaron loco; el mairal, como denominaban al capataz, al más veterano en la profesión, le amenazó con echarle del gremio, y las mujeres del lugar le hicieron saber lo que pensaban de un mal padre como él.
Damián quería celebrar esa Navidad con su mujer y su hijo, como hacían los de los pueblos de Tierra Plana, y después vivir en su casa, no en el monte. Para conseguir su propósito, había pasado muchas horas tallando madera de boj. Con su naballa hizo cientos de cucharas, cazos y cucharones mientras los demás dormían en las mallatas. Sólo quedaba ahora recorrer los pueblos del Valle y vender la mercancía. Así ganaría el dinero suficiente para sobrevivir al invierno, y la primavera siguiente ya se vería. Pero llegó el 24 de diciembre, la antigua fiesta del Solsticio de Invierno, y Damián apenas había vendido algo. Quedaba una posibilidad: habría que pasar a Francia y probar allí suerte. Sólo volviendo con dinero suficiente en la faltriquera podría seguir llevando la cabeza alta en el pueblo.
Damián partió hacia las montañas del Puerto aquella fría mañana de la Nueibuena, sin hacer caso de las habladurías de su mujer y de su suegra. El no creía en las historias de biellas. Estaba harto de oír a las más viejas del lugar contar que en los ibones de Puerto habitaban seres malignos que acababan con los caminantes, si se atrevían a pasar por allí en los días mágicos de los solsticios. El era pastor, y sabía que el verdadero peligro cuando se andaba por las cimas consistía en no reconocer las crepas o grietas en el hielo bajo la nieve, eso sí que era arriesgarse a perder la vida, como le pasó a su hermano.

Desayunó fuerte: unos huevos fritos, cebolla y pan. Echó al morral un pan entero y queso. Sobre los hombros se acomodó la mochila cargada con los cubiertos de madera y sin despedirse de nadie, aún de noche, salió hacia Puerto, con la única compañía de su gayata, su bastón de pastor. Llegó al país vecino al mediodía. Las ventas no le fueron mal del todo, se notaba la cercanía de la noche festiva y del día de Navidad, y más de uno solucionó los regalos con el boj bellamente tallado por el artesano. Aunque Damián esperaba más, y apuró el tiempo todo lo que pudo, la noche se le echaba encima y era hora de volver a casa. Conocía muy bien el camino, y confiaba en las estrellas, como tantas otras noches de pastoreo. Sin embargo, la cima del puerto le sobrecogió. Nunca antes había sentido esa inquietud, nunca se había notado oprimido por una extraña fuerza que parecía provenir de la misma montaña. La nieve amortiguaba el sonido de las pisadas. El viento estaba calmado y el silencio era absoluto. Hasta que escuchó la voz. Al principio no se lo creyó. Luego ya no tuvo más remedio que mirar hacia la superficie negra y brillante del ibón. Allí no parecía haber nadie, y, sin embargo, la voz venía del lago. No se entendía lo que decía, ni siquiera era posible saber si se trataba o no de palabras. Al poco tiempo, a la primera voz se unieron otras, y todas parecían voces de mujer.
A Damián le temblaban las piernas y las manos. Dejó resbalar de la espalda el morral y la mochila, y se desparramó su contenido por la ladera de nieve que se extendía a sus pies. El coro de voces seguía entonando una melodía extraña, bellísima, y a cada minuto que pasaba, parecían añadirse nuevas notas, entonaciones imposibles y misteriosas resonancias. Damián comenzó a andar hacia el lago. En lo más profundo de su cerebro le pareció escuchar, débilmente, la cantarina voz de su mujer que lo llamaba, pero enseguida su nombre formó parte del coro de aquellas voces angelicales, y, claramente, resonó en todo el valle una frase pronunciada por gargantas invisibles:
-Damián, Damián, ven, ven...
El hechizo de las Fadas de los Ibons de Puerto volvía a elevarse por encima de las aguas heladas, por encima de la nieve oscura, más allá de las cimas... y su poder, su antiguo y desconocido poder venido de otros mundos y de otros tiempos, arrancaba de esta vida al pobre Damián, Damián el cucharero, y le obligaba a arrojarse en los brazos glaciales de los lagos de la montaña. La profundidad de un ibón fue su tumba.
Pasados los años, todas las Nueibuenas, un joven montañés llamado Fabián sube a Puerto y arroja una rama de boj, de bucho, a las calmas aguas del ibón

CHEMA GUTIÉRREZ LERA.

8 ene 2010

EL RUSO DE CANFRANC


Esta historia la encontré navegando por internet y os la transmito en boca de su autor, Bastián Lasierra, gracias a cuya investigación podemos conocerla:
-Tengo que retornar al año 1968, para colocaros en esta historia, pues es el año que yo recojo los apuntes que os paso a continuación:
Poco antes de llegar a Candanchú, una vez que habéis rebasado l’Anglasé -con su herr
ería destruida por un alud hace muchos años (a la entrada de Canal Roya)- y Rioseta -con su campamento militar y todas las colinas de alrededor minadas como un fortín-, la carretera cruza el “Puente del Ruso”. Y un poco más arriba, a la derecha aún pueden verse las ruinas de lo que fue la “Caseta del Ruso”. Deseoso de saber algo del personaje que le dio nombre, pregunté entre los viejos de Canfranc lo que pudieran saber de él. Pocos lo conocieron (murió sobre los años veinte), pero la mayoría oyeron hablar de él a sus padres. Todos están de acuerdo en que era un ruso o un polaco a quien las circunstancias empujaron a España. Era rubio, fornido, simpático y hablaba haciendo vibrar fuertemente las erres. Su casa siempre estaba abierta a todos, especialmente durante los terribles temporales de nieve que amenazaban con sus aludes –“lurtes” decimos en aragonés- a los caminantes. Cuando arreciaban, el Ruso ni siquiera se conformaba con esperar a los desgraciados sino que, con frecuencia, arriesgando la vida, salía en busca de ellos. Otros informadores, con mucha más imaginación, hasta inventan una novela sobre el personaje: era siberiano, había huido de las minas de Siberia adonde había ido a parar por un crimen que no cometió. Y eso en seguida se adivinaba al comprobar su carácter pacífico y acogedor, su predisposición a la amistad y su bondad natural. Otros aseguran que no era ruso, sino centroeuropeo, aunque nadie le oyó utilizar palabras extranjeras, sino aragonesas salpicando con un mediano castellano. En lo que sí hay unanimidad es en asegurar que salvó muchas vidas. La verdad es que no tenía nada de extranjero aunque su aspecto externo pudiese inducir a esa creencia. Y es que los aragoneses somos tan pánfilos que, para valorar más cualquier cosa, en seguida le tenemos que colgar la etiqueta de foránea. La buena suerte me echó una mano cuando ya desesperaba de enterarme de algo objetivo sobre el Ruso, que por otra parte parecía un tema sugestivo. Los finales del siglo diecinueve y principios del veinte, destacaron por sus intensas nevadas y bajas temperaturas (no como ahora que te cae un palmo de nieve y detrás viene una llovizna que la derrite toda). La prensa, de entonces es unánime en los comentarios, especialmente cuando cuenta las tragedias, demasiado frecuentes, de las víctimas del frío o de los lurtes. Manuel Buisán, un abuelico de Plan, más simpático que pa qué, me contaba la historia trágica de nueve niños helados a la vez en el puerto de Gistaín. Y es que, antiguamente, los padres llevaban a Francia a los críos y crías de diez o doce años en adelante a trabajar, iban a servir. Para Todos los Santos volvían a buscarlos y generalmente se reunían en el Hospital de Francia. La paga que sacaban de todo un verano era tal vez un saco de sebo. Un invierno fue especialmente duro. Los niños esperaban en el Hospital francés debajo del puerto de Aigües Tortes y los padres que no llegaban. El hospitalero ya les decía a los chavales que no fueran a la frontera, pero ellos, por la ilusión de volver a casa, no hicieron caso. Los envolvió la niebla, se perdieron y a las pocas horas los encontraron semicongelados. Un padre tenía que llevar dos hijos y no podía a la vez. Llevaba a uno hasta un refugio y volvía a por el otro. Solamente un hombre muy fuerte logró salvar a su hijo llevándolo en brazos, arropado con un tapabocas. Los periódicos de esos años se hacen eco de innumerables relatos trágicos. Uno, leído al azar en “El Pirineo Aragonés” de Jaca, con fecha de 2 de marzo de 1890, narra: “Por una carta que hemos recibido de la próxima villa de Ansó, tenemos la noticia de varias desgracias ocurridas recientemente en aquel distrito. Hace poco se dirigían a Francia ocho hombres y, al atravesar el puerto, quedaron cinco de ellos sepultados bajo un lurte horrible, del cual no podrán ser extraídos hasta el próximo verano”… La prensa de Tarbes cuenta también por esas mismas fechas la expedición de treinta y cinco hombres de Gavarni que van a hacer contrabando y en la base del Taillón, al avanzar en dos filas, un alud de nieve sepultó a la primera de ellas. Ocho hombres quedaron aprisionados, de los que siete murieron. Y solamente pudieron rescatar tres cadáveres. “Los otros cuatro -dice textualmente la nota- sólo se podrán recuperar en Junio”. Cuando recogía material sobre los contrabandistas, quedé profundamente impresionado por la cantidad de tragedias que vivieron aquellos hombres y mujeres que, por aliviar con unos pocos duros el presupuesto familiar, se jugaban la vida a diario en las noches invernales. Podría seguir con una larga lista de noticias parecidas que trae la prensa de ambos lados del Pirineo. Por cierto, que también aparecen noticias de osos en diversas cacerías. Todavía abundaban en esas calendas y, por supuesto, mucho más todavía, las cacerías de lobos. Rastreando la historia de la montaña, y cuando menos me lo esperaba, me encontré con una noticia sobre el Ruso que me disipó todas las dudas que pudiera tener. Aparece nuestro hombre con su verdadero nombre y apellido, profundamente aragonés. Era escueta, pero clarísima. Está datada el 17 de febrero de 1889 y dice así: “Se pide recompensa para el caminero Domingo Betés, alias el Ruso, que ha salvado de muerte segura muchos pasajeros”.
No esperéis mucha más leyenda del Ruso. Si os paso esta “falordia”, solo es para tratar de demostrar a mi manera, lo desconocida que es la historia de nuestras gentes.
Y cuando subáis a Canfranc, podréis contarla. Poca gente la conoce.
BASTIÁN LASIERRA