Un día nuestros sueños nos llevaron de vuelta a Canfranc...

... recordé mis primeros esquís en Candanchú, mis primeros campamentos en Canal Roya, mis primeros pasos como monitor de tiempo libre en la casa de colonias junto al río, mis primeras escaladas en el Coll de Ladrones. Cuántos primeros pasos en un mismo lugar. Pero sobre todo recordé aquel olor a aceite quemado de los trenes en la estación, su vestíbulo, la gente subiendo y bajando del tren, sus largas y agradables cuatro horas desde Zaragoza, montañeros, esquiadores...cómo ha cambiado todo, ¡qué abandono!
Por un momento entristecí mientras se desvanecían aquellas imágenes, como si del color pasasen al blanco y negro. Sentí la necesidad de hacer algo, y así fué. Ahora subo casi todos los fines de semana; veo como la Estación se transforma, me manifiesto por la reapertura del Canfranc, paseo por sus montañas, observo su naturaleza, fotografío sus paisajes, convivo con sus gentes y vuelvo a deslizarme por su nieve.
Pero lo mejor es que todo ésto no lo hago solo, sino con mi mujer y mis hijos. Y contagiamos a familiares y amigos. ¿Te contagias tú también?

26 ago. 2012

CUENTO: "Sueños de Futuro" (1ª parte)

            Le había prometido a mi hijo un maravilloso viaje en tren. Esa noche no pegó ojo imaginando la velocidad a la que iría y el ruido de los trenes en la estación.
            Nos levantamos muy temprano para coger el primer tren de la mañana. Él casi no se tenía en pie de sueño, pero poco a poco se fue despejando, y sin hacer ruido, para no despertar a mamá, desayunamos y salimos hacia la Estación Intermodal de Delicias.
-          ¡Vaya! ¡Pues sí que es grande la estación! - Exclamó Víctor con cara de sorpresa.
Eran casi las seis y media de la mañana de un sábado del mes de junio de 2012 y ya había un gran bullicio en la Estación.
            En casi todos los andenes había un tren dispuesto a tomar la salida antes o después. El vaivén de pasajeros se acrecentaba conforme se acercaban las horas de partida. De repente se escuchó por megafonía la llamada que estábamos esperando:
-          “Tren regional con destino Canfranc-Estación efectuará su salida por la vía cuatro en breves instantes”.
-          ¡Vamos hijo! ¡Démonos prisa! - Dije yo tomándole de la mano y tirando de él para separarlo de los cristales.
-          ¿Cuál es, papa? ¿Es ese? - Preguntó mientras señalaba un moderno Altaria blanco al que subían apresurados algunos viajeros.
-          No, cariño. El nuestro es aquel.
Mientras yo decía estas palabras noté como cambiaba su rostro y se tornaba  desilusionado al ver un viejo tren que echaba humo por una chimenea.
Entonces le expliqué porqué había elegido ese tren y no otro. Era un auténtico Canfranero de época. Un convoy de los años treinta o cuarenta restaurado y ambientado en los años de mayor esplendor de esta línea férrea. La máquina era de pega, el humo que echaba era simplemente el vapor que producía algún artilugio para crear la ambientación. Le expliqué que aquel tren estaba lleno de historias que nos contarían durante el viaje, y que pasaba por lugares llenos de magia. Entonces la ilusión regresó a su carita redonda y sus ojos se achinaron mientras sonreía y decía:
-          Creo que éste es el mejor de todos los trenes, papá. Es diferente a los demás, y eso lo hace especial.
Sus palabras me dejaron boquiabierto, una sabia manera de pensar pasa tan sólo seis años.
Subimos a nuestro vagón. Al traspasar la estrecha puerta nos envolvió un halo de melancolía. Las imágenes se teñían en blanco y negro como si hubiésemos entrado en la máquina del tiempo. Los vagones estaban forrados de madera. Tenían un pasillo estrecho con ventanas en el que había que hacer contorsionismo cuando se cruzaban dos personas, aunque lo más práctico era que una de ellas se internara momentáneamente en un compartimento mientras pasaba la otra, pues a veces la situación era incómoda con tanto roce. Desde el pasillo se accedía a los compartimentos que incluían tres asientos tapizados como antaño en ambos lados del habitáculo, es decir que cabíamos seis personas por compartimento. Estaban separados por unos apoyabrazos fijos que daban algo más de comodidad. Una vez sentados los viajeros, según la altura que tuvieran, casi podían tocarse con sus rodillas. Sobre los acolchados butacones había unos portaequipajes de cuerda en forma de red y unas pequeñas luces en forma de ojo de buey cuya iluminación parecía algo escasa para leer sin la luz natural que entraba por los amplios ventanales.
Todos los detalles estaban cuidadosamente estudiados: los interruptores, las cortinas, los pomos de las puertas, incluso los baños con su retrete y su pequeño lavabo. Lo único diferente era que los ceniceros ahora estaban sellados con un cordón de soldadura. Todo era como en aquellos años, eso sí, intentando darle la mayor comodidad posible.
Víctor estaba impaciente por salir. No quería sentarse y se quedaba en el pasillo mirando por la ventana mientras  gritaba a la gente que corría por el andén: - Venga, que nos vamos.
De repente sonó un pitido ensordecedor, y al segundo volvió a repetirse. Aún no había parado de sonar cuando el vagón comenzó a moverse. Fue entonces cuando Víctor vino corriendo a sentarse, entre eufórico y asustado, a mi lado y junto a la ventana.
Frente a nosotros había una anciana muy arreglada que sonreía al ver la emoción del pequeño al mirar por la ventana cómo nos movíamos. 
-          Pues para ser un tren antiguo no va tan despacio, papá.
-          Verás hijo, antes iba más despacio. Le costaba entre cuatro y cuatro horas y media hacer todo el trayecto. Tiene muchas paradas, pero desde que arreglaron toda la línea entre Huesca y Canfranc le cuesta unas dos horas y media nada más.
En ese momento comenzó a funcionar la megafonía interna del tren con una agradable y femenina voz que nos acompañaría todo el viaje. Cada vez que sonaba era para explicar o contar algo relacionado con los lugares por donde pasábamos o parábamos.  Daba datos históricos, geográficos, artísticos e incluso contaba alguna leyenda. Hasta llegar a Huesca hizo pocas veces acto de presencia, pero su silencio fue sustituido por la temblorosa voz de la mujer de avanzada edad que teníamos enfrente.
-          Yo soy de Canfranc, ¿sabes? – Dijo mirando a Víctor con sus cansados ojos.
-          Nací allí hace muchísimos años, y aquello ha cambiado mucho desde que estuvieron los nazis hasta ahora.
-          ¿Quién son los nazis? – Interrumpió Víctor.
-          Eran los seguidores del partido nacional-socialista de la Alemania de los años treinta y cuarenta, pero de estas cosas tú todavía no entiendes, ya lo estudiarás en el cole dentro de unos pocos años. A los que yo me refiero eran los soldados del gobierno alemán de esa época, que por un acuerdo con el gobierno de España se instalaron en Canfranc para controlar la frontera con Francia. Como veo que te gusta la Historia, te voy a contar la historia del Oro de Canfranc.
-          ¡Vale, vale! - Exclamó el infante inclinando su cuerpo hacia delante.
-          Sí. – Dije yo – Pero mientras te comerás el almuerzo que hemos preparado.
De esta manera comenzó el mejor momento que pasamos en el viaje. Escuchamos en boca de una de sus protagonistas la historia más conocida del lugar a donde nos dirigíamos.
La anciana se esmeró en contarla de modo que Víctor pudiera comprenderla, pues es una historia algo complicada para un niño. Luego me confesó que había sido maestra y estaba acostumbrada a hablar a los niños.
-          Pues verás. – Dijo la anciana. - Todo esto sucedió en Canfranc entre 1942 y 1945. Alemania controló la aduana internacional de Canfranc durante la Segunda Guerra Mundial con un grupo de oficiales de las SS y miembros de la Gestapo, que era la policía nazi. Residían en el hotel de la estación y en otro del pueblo. España no estaba en guerra, pero Franco debía devolver la ayuda que Hitler, el primer ministro alemán, le proporcionó durante la Guerra Civil, lo que consistió en enviar a Alemania toneladas de volframio de las minas gallegas, un mineral fundamental para blindar sus tanques y cañones. A cambio de esa ayuda estratégica, España recibió al menos 12 toneladas de oro, a Portugal llegaron 74 toneladas de oro, 4 de plata, 44 de armamento, 10 de relojes y otras cosas robadas a los judíos.
-          ¿Por qué robaban los nazis a los judíos? – Interrumpió Víctor.
-          Porque la idea de los nazis era que todo aquel que no era de su raza, a la que llamaban aria, era impuro y debía de ser apartado. Los mandaban a unos campos de trabajo y les quitaban sus pertenencias. Pero esa es otra historia.
La mujer no quiso dar más detalles acerca del exterminio y los campos de concentración, cosa que agradecí. Fue en ese momento cuando me miró y sonriendo me dijo que había sido maestra y que no me preocupara, lo cual me tranquilizó. No me agradaba la idea de tener que dar explicaciones a mi hijo acerca de un pedazo de la Historia que aunque no olvidado, sí debería de ser borrado.
-          Los alemanes, – prosiguió ella, - vivían en la estación y celebraban hasta conciertos de piano en el comedor. Eran muy educados, eso sí. Bailaban valses con las chicas de Canfranc y les regalaban chocolate. Ellos eran ingenieros o químicos y nosotros, unos ignorantes que tenían mucha hambre después de la Guerra Civil . El oro nazi llegaba en tren a Canfranc con destino España  y Portugal. Se descargaba el oro de los trenes de Suiza por el puente internacional y se colocaba en unos camiones suizos que se encargaban de llevarlos hasta Madrid y Portugal. . Se calcula que entraron a España 20 toneladas de oro a cambio de volframio. Ese volframio todavía se puede ver, 65 años después, en las vías muertas y muelles de la estación de Canfranc.
Los carabineros, la Guardia Civil y los oficiales de las SS eran inflexibles con   los robos de mercancías como los relojes que se llevaban a Portugal. Alguien se llevó una caja y estuvieron buscándolo varios días. A un chaval le pusieron una multa muy alta.
   Lo peor de todo era el hambre, que calmábamos gracias a las mercancías que se descargaban. El salario medio de un obrero era de 200 pesetas al mes. Por eso, siempre se escapaba algo de los trenes para casa. Cogíamos latas de sardinas, azúcar, aceite, café o la mistela que enviaban los portugueses de Madeira. Menos mal que pasaba mucha mercancía y podíamos llevarnos cosas, porque había mucha hambre.

A veces, mientras contaba su historia, me parecía  ver como sus secos ojos se humedecían con el recuerdo. Tal y como contaba el relato, con claras referencias en primera persona, entendí que ella era protagonista de aquel pedazo de Historia. Al principio no quise preguntarle por si la incomodaba, aún más estando el niño delante.
Al poco terminó su relato diciendo: “y colorín colorado, este cuento se ha acabado”, una buena manera de dar un tono infantil y quitar hierro al asunto.
Casi sin darnos cuenta estábamos llegando a Ayerbe, puerta de entrada al reino de los Mallos. La megafonía del tren, a la que hasta ahora casi no habíamos hecho caso, comunicaba la llegada a su estación y hacía referencias a sus Palacios, gastronomía y a la cercanía de importantes monumentos como el Castillo de Loarre y la Colegiata de Bolea. Yo le contaba a mi hijo la de veces que de joven había parado en Ayerbe a comprar alguna de sus famosas tortas e incluso una bota de vino en el conocido botero artesano que había por entonces, de camino a Riglos con mis compañeros de escalada.
-          ¿Tú escalabas? – Me preguntó con los ojos redondos como platos.
-       Sí, cariño, pero yo era muy malo. Tenía amigos que subían como lagartijas.
A los pocos minutos estábamos pasando bajo los Mallos de Riglos. Yo le contaba a Víctor aventuras mientras señalaba con el dedo algunos escaladores que asemejaban ser termitas en su termitero:
-       Mira, hijo, son el Puro, el Mallo Pisón, el Firé, la Visera…
-       Ese parece la mano de un gigante…Y los escaladores ¿no se caen? – Preguntó con el morboso interés de un niño de su edad.
Mientras se quedaba atónito mirando el paisaje por la ventana, yo me incliné hacia delante y con voz susurrante pregunté a la anciana aquello que no podía contener más.
-       Disculpe  mi descaro, espero que no le ofenda mi pregunta, pero desde que nos ha contado la historia de el oro tengo la necesidad de saber si usted tuvo que participar activamente de alguna manera en ella.
            Con el mismo tono de voz con el que yo le había preguntado, ella me respondió, no sin antes mirar hacia el pasillo, como si todavía hubiera hombres de la Gestapo vigilando.
-       Fui correo de los aliados. Llevé correspondencia clandestina. Sobres que contenían fotos y cartas en francés o inglés. No fui la única. Lo pasábamos muy mal. A veces íbamos en el tren sentadas junto a algún Guardia Civil, pero gracias a nuestro trabajo pudo terminar la guerra con el desembarco de Normandía. ¡Y vale! No me gusta hablar de ello.

CUENTO: "Sueños de Futuro" (2ª parte)

Justo entonces Víctor se volvió para preguntarme algo, lo que hizo que el ambiente de secretismo se dispersara y ella se sintiese mejor. Mi imaginación giraba en torno a imágenes de películas de nazis y de la Segunda Guerra Mundial, hasta que Víctor volvió a asediarme con sus preguntas.
-      Oye, papi ¿Qué es ese lago? – Y pegó su nariz al cristal formando un círculo de vaho a su alrededor.
-          Eso no es un lago, es el Embalse de La Peña. Está formado por las aguas del río Gállego, que has visto antes desde arriba al pasar por un puente. En ese río se practican deportes con barcas de goma y canoas que se llaman rafting y kayak.
-          Sí como en las aguas bravas del parque del agua de Zaragoza.
-          Exactamente, ¡Qué listo eres, hijo! Además en el Pantano de La Peña la gente pesca truchas, y por los alrededores hay muchas rutas para caminar o ir en bicicleta.
Aprovechamos mientras llegamos a Jaca para estirar las piernas por el pasillo del vagón. Hay un montón de gente. Nuestro compartimento es de los pocos que va medio vacío. Hacía años que no había visto tanta gente en este viaje, pero es lógico, desde que lo convirtieron en un tren turístico con encanto todo el mundo quiere disfrutarlo. Hay quienes como nosotros sólo iban a pasar el día, otros harían noche en Canfranc para bajar el domingo, y  escuche a una pareja que subían con sus bicicletas para iniciar el Camino de Santiago en Somport.
Todavía no le había contado a Víctor que con el billete de tren teníamos entrada libre al museo ferroviario del Canfranero, y que una vez en Canfranc-Estación íbamos a subir paseando hasta el Fuerte de Coll de Ladrones, que adquirió una empresa privada hace unos años y lo ha rehabilitado como museo militar y hospedería, con un restaurante donde dicen que se come muy bien.
Desde Jaca había una preciosa vista de la peña Oroel, y señalando su cima prometí a mi hijo que un día subiríamos juntos hasta allí.
Volvimos a nuestros asientos para disfrutar los últimos treinta kilómetros, que son los más empinados y  más bonitos por sus paisajes. Allí seguía sentada nuestra compañera de viaje.
-          ¿Se cansa de tanto rato en el tren? – Le pregunté.
-          No, ahora es una delicia viajar aquí. Yo ya estaba casi acostumbrada a las cuatro horas de viaje y a acabar en el autocar por culpa de los descarrilamientos. Les ha costado una eternidad a los políticos darse cuenta de la maravilla que teníamos. Es una pena que yo ya pueda disfrutarla poco, al menos tu hijo guardará buenos recuerdos de este viaje contigo.
-     Y con usted, también tendrá un buen recuerdo de usted. Pero no diga esas cosas,     que aún tiene mucha vitalidad y podrá seguir haciendo este viaje muchos años.
La agradable voz de la megafonía volvió a interrumpir nuestra conversación para comunicarnos, tras pasar por Castiello de Jaca, que íbamos a atravesar el famoso viaducto de Cenarbe, una fabulosa obra de ingeniería que hace que parezca que el tren vuela sobre el Valle del Aragón.
      Al poco rato observamos la majestuosa cima de La Collarada que se alza sobre el siguiente pueblo: Villanúa. Es una vista preciosa, todavía tenía nieve en la cima.
      Ya nos quedaba poco para llegar,  y cuando nos acercamos a Canfranc pueblo la voz en off nos contó la leyenda de la maldición de éste lugar:
-     “Hace ya unos cuantos siglos, un crudo invierno llegó al pueblo, siguiendo el camino de Santiago una peregrina judía, solicitó alojamiento y comida a las gentes del pueblo, que no sólo se lo denegaron, además la expulsaron del pueblo (no se sabe porque obraron así, cuando a los peregrinos siempre se les atiende), antes de perder de vista la última casa del pueblo, la peregrina les echó una maldición;
      -     Vuestro pueblo arderá dos veces y al final habrá una riada que lo hará  desaparecer para siempre.
                  En 1617, contando sólo con 200 habitantes, Canfranc sufrió el primer gran incendio, solo quedaron en pie la iglesia de la Santísima Trinidad, dos casas, el castillo real y el molino de harina.
                  En Junio de 1944, sufrió el segundo incendio, una chispa del fuego de un hogar, en la parte alta del pueblo, llevado por el viento hizo que se prendieran los tejados de pizarra carbonosa y las techumbres de madera del resto de casas, ardieron 117 de las 132 que había. Para reconstruirlo, se realizó una suscripción nacional (se retuvo el salario de los funcionarios españoles por un día, pero el dinero nunca llegó a Canfranc) y la mayoría de la población tuvo que refugiarse hasta en las buhardillas del poblado nuevo (Canfranc-Estación), donde finalmente, se edificaron barrios nuevos para los perjudicados, y al final, el pueblo entero se traslado al nuevo Canfranc.
                  Los más viejos del lugar esperan resignados a que cualquier día el río crezca tanto que se desborde y se los lleve por delante.

La verdad es que esta vez los políticos lo habían hecho bien. Todo estaba cuidado al detalle. El viaje estaba siendo perfecto, incluso llegué a pensar si la señora de enfrente no sería una trabajadora de la oficina de turismo o algo así. Quién sabe, hoy en día los maquilladores del cine hacen auténticas obras de arte. Me sonreí cuando pensé eso. Claro que también a los aragoneses nos ha costado años aprender a defender y reivindicar lo nuestro 
-          ¡Papá, ya llegamos! – Gritó Víctor. - ¿Qué es eso tan grande?
-          Eso era la antigua Estación Internacional de Canfranc. Donde transcurrió la historia del oro que nos han contado. Ahora es un hotel de lujo, pero se puede ver el vestíbulo que lo dejaron como era antiguamente. Hicieron esta otra estación más pequeña porque no hay tanto tráfico de trenes como antes.
-          Pues a mí me gusta más la antigua. Y ahora ¿qué vamos a hacer?
-          Tengo una sorpresa preparada, pero antes de bajar despídete de esta señora tan amable y dale un buen beso.
-          Muchas gracias. - dijo Víctor. Y le dio un fuerte beso.
-          De nada cariño. – Contestó la anciana. Y le dio cuatro o cinco.
-          Adiós señora, ha sido un placer. Espero volver a verla. – Le dije yo.
 Nos apresurábamos a bajar para aprovechar el día cuando vi que Víctor llevaba en la mano una foto antigua con algo escrito por detrás. Era una vieja postal.
-          ¿De dónde has sacado eso? – Le pregunté.
-          Es de la señora, me la ha regalado.
-          Pero esto es un recuerdo personal, vamos a devolvérselo.
Aun estábamos en el pasillo, a unos cinco o seis metros de nuestro compartimento cuando volvimos a buscarla. Cual fue nuestra sorpresa cuando al entrar vimos que no había nadie. En ese momento pasaba junto a nosotros el revisor, que como todo lo demás también iba ambientado como antaño.
-          Perdone señor. ¿Ha visto a la señora mayor que viajaba junto a nosotros? Tenemos que devolverle algo.
-     Disculpe, - me dijo el revisor, - pero en su compartimento sólo viajaba usted con su hijo. No he visto ninguna señora mayor en todo el trayecto. – Se dio media vuelta y siguió pasillo abajo.
Me quedé boquiabierto sin saber que decir, estático. Víctor tiró de mí indicando que como la mujer se había ido nosotros debíamos hacer lo mismo. Y así fue. Bajamos del Canfranero y pasamos un día inolvidable. Aprendimos muchas cosas de aquel lugar mágico y de su Historia, y con las últimas luces regresamos a Zaragoza en “nuestro” Canfranero. Durante el trayecto de vuelta no dejaba de pensar en la anciana, y como siempre mi hijo me sacó del trance;
-          En invierno, con la nieve ¿cómo pasa el tren?
-          La máquina lleva delante una quitanieves para apartar la nieve de las vías, y si hay mucha pasa antes una máquina especial de mantenimiento. Además éste tren en invierno se convierte en el Canfranero blanco, que no significa que lo pinten de blanco, sino que hace viajes especiales para que la gente suba a esquiar.
-          Me ha gustado mucho, papá. La próxima vez hay que decirle a mamá que se venga con nosotros.
Cuando el Canfranero hacía su entrada en los andenes de la Estación de Delicias, Víctor estaba completamente dormido, en la sonrisa de su cara se podía adivinar que había disfrutado. Lo cogí en brazos y lo llevé hasta el coche en que mi esposa nos estaba esperando. Una vez en casa lo acostamos, y tras contarle a ella todo nuestro viaje nos fuimos también a dormir.A la mañana siguiente, Víctor vino corriendo a mi cama y exclamó:
-          Mira, papá, aquí quiero que vayamos de viaje este verano. – Enseñándome una vieja postal en blanco y negro de Canfranc. – La encontré ayer en el parque mientras jugaba con mamá.
Entonces, aún algo somnoliento miré el despertador de la mesilla. Es uno de esos despertadores en los que viene la fecha, la hora, la temperatura y no sé cuantas cosas más. Todavía era sábado, un sábado del mes de junio de 2010.




                                         ROBERTO MARÍN.





DE PASEO POR EL TIEMPO (Imagenes, 3ª parte)













DE PASEO POR EL TIEMPO (Imagenes, 2ª parte)













DE PASEO POR EL TIEMPO (Imágenes, 1ª parte)


















24 ago. 2012

AL IBÓN DE ISERÍAS

Nunca entenderé porqué tanta gente que se autodenomina montañera o amantes de estos valles y su entorno natural, tiene que subir un pequeño tramo de pista con el coche hasta el fuerte de Coll de Ladrones para evitarse quince o veinte minutos de camino desde Canfranc-Estación, donde el coche queda aparcado perfectamente en el parking junto al antiguo túnel ferroviario. Pero esta es otra historia...

Partimos desde el Antiguo Túnel de Canfranc donde dejamos el vehículo para tomar la pista hacia el Fuerte de Coll de Ladrones que parte a unos 200 m. a la derecha de la carretera tras cruzar el río Aragón por un pequeño puente. Podemos subir por la pista forestal (unos 25 min.) o por el sendero que sigue el GR 65.3 camino de Santiago tomando un desvío posterior a la derecha que nos deja tras superar la pendiente en unos 15 min.
Desde el Fuerte tomamos una pista que remonta el barranco a nuestra derecha hasta coger el sendero marcado GR 11 dirección Formigal, que va remontando una zona boscosa primero y un caos de rocas consecuencia de antiguos desprendimientos después. Con un ritmo ligero nos plantaremos a la entrada del Valle de Izas en unos 50 minutos aproximadamente. Desde aquí podremos distinguir las caprichosas siluetas del Campanal de Izas al fondo.
Siguiendo el camino bien marcado en las praderas del valle y en dirección a Formigal, nos toparemos en una excasa media hora con una roca bastante grande que sirve de encrucijada de caminos. Desde alli vemos a la izquierda la cascada de las Negras o de La Divina, un buen sitio para una excursión familiar, donde poder observar al Tritón pirenáico. Siguiendo recto nos dirigiríamos por la GR 11 hacia el collado de Izas, detrás del cual nos esperan las pistas de Formigal. Y a la derecha de la gran roca sale el camino que nos llevarà al Ibón de Iserías.

Como es allí a donde se dirige esta excursión, tras un breve descanso a la sombra de la roca, comenzaremos a subir las inclinadas praderas por su sinuoso trazado donde podremos deleitarnos y fotografiar (no arrancar) la escasa flor de nieve o Edelweiss. Esta es una zona con numerosos ejemplares que esperemos siga así mucho tiempo. Sólo con haber llegado a este punto y haber disfrutado de esta imagen, cualquiera podría darse la vuelta y llegar a casa con la satisfacción de un buen día de montaña. Pero nuestra meta no era esta y debemos proseguir el camino hasta alcanzar un farallón rocoso que nos obliga a dar un rodeo o "vuelta" para plantarnos en otra media hora aproximadamente en el Refugio de las Vueltas de Iserías a unos 1900 m. Desde aquí y mientras hacemos otro pequeño receso podremos disfrutar de preciosas vistas. Giraremos hacia la parte superior del circo para alcanzar un amplio collado a 2180 m. y tras un suave descenso llegaremos en otra media hora al Ibón de Iserías o de Samán (2130 m.) 

Un precioso circo glaciar coronado a la derecha por La Moleta con sus 2576 m. y La Tronquera a su izquierda con 2666 m. Las aguas de este ibón dan suministro, con las del Ibón de Ip, con las que se unen en la tubería, a la central hidroeléctrica de Canfranc. Total de la ascensión entre 2'30h y 3'00h, aunque en las indicaciones marquen hasta 3'30h. El descenso un par de horas tomándolo con tranquilidad para no forzar las rodillas.